Donald Trump, una crisis de apariencia

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Aitor Céspedes Suárez

Escribía un servidor hace un año el siguiente párrafo en la obra Manifiesto para Denise: “No vamos a engañarnos, a lo largo de la historia, en todas las culturas humanas, la apariencia siempre ha sido importante. No obstante, en una sociedad nihilista y relativista, es decir, sin moral, y vacía de contenido, la apariencia se convierte en lo único importante”.

Y esto ocurre actualmente en cualquier faceta humana. Un ejemplo imperativo al respecto es el trato mediático, y la opinión pública que se está generando, sobre Donald Trump. Desde que se presentó a las primarias del Partido Republicano y comenzó a ser evidente que era un firme candidato presidencial, los medios de comunicación (aunque sería más correcto denominarlos como medios de propaganda) al servicio de las élites lo pusieron en el punto de mira. Ahora, que ni siquiera lleva un mes como presidente, se vigila con lupa cada una de sus acciones. Este hecho no es en sí mismo negativo, al contrario, es un buen método para estar informado de las decisiones que va tomando cada gobierno.

Sin embargo, a estos medios no les interesa en absoluto el fondo de cada medida, las causas y posibles consecuencias de la misma, en definitiva, no les interesa la verdad. A cambio, se centran en lo superficial, en una riada de noticias vilmente mal enfocadas (cuando no falsas) que tratan de dañar la imagen del recién llegado presidente. En este mundo hiperactivo y donde sólo se fomenta y se quiere lo inmediato, donde todo se quiere rápido y fácil, la apariencia gana al fondo.

Las comparaciones, claro está, son odiosas. Nadie se ha quejado durante los ocho años de gobierno de Obama como él, y su Secretaria de Estado, Hillary “Bombas” Clinton han destrozado el Próximo Oriente, siendo además, uno de los partícipes directos en la creación y propagación del Estado Islámico. Las consecuencias ya las estamos viendo: Libia se ha convertido en un auténtico Estado fallido, Siria está sumida desde hace seis años en una guerra civil y el terrorismo yihadista se ha reavivado de forma contundente. O lo que es lo mismo, esas políticas han ocasionado cientos de miles de muertos y millones de refugiados.

Pero eso no parece ser importante, lo realmente grave es que Donald Trump es grosero, bravucón, a veces insulta en público, se comporta como nosotros lo haríamos en un bar rodeado de personas de confianza y que, además, toma las medidas que considera oportunas para solucionar muchos de los problemas que le ha dejado la administración Obama, cumpliendo con lo prometido en campaña.

¿Cómo se podría hacer una comparación similar en la vida cotidiana? Fácil. Conoces a dos personas, Nacho y Cristina. Ambos son muy educados, siempre tienen una sonrisa en la cara y te dicen lo que quieres oír. Sin embargo, poco a poco los vas conociendo, y descubres que te dicen una cosa, pero realizan la contraria. Más adelante, llegas a saber que viven de estafar a otros individuos e, incluso, que han contratado a sicarios para matar a personas que le estorbaban en sus negocios.

Por otro lado, conoces a Enrique. Él es grosero, tiene, en ocasiones, malos modales. No le importa lo que los demás piensen de él y dice lo que piensa. Sabes que es un hombre de palabra, lo ha demostrado en numerosas ocasiones. Puedes pensar que es un imbécil, o no estar de acuerdo con nada de lo que dice. Y aquí se muestra la realidad descrita. Odias a Enrique, porque sólo le das importancia a la apariencia, y te encanta quedar con Cristina y Nacho, a pesar de ser delincuentes que te ocasionan problemas, debido a que, cara a cara, son personas educadas y te dicen lo que quieres oír.

Por si no había quedado claro, Nacho es Obama, Cristina es Hillary “Bombas” Clinton y Enrique es Donald Trump. Cientos de miles de muertos, millones de refugiados, contando también a niños y a mujeres, parecen ser un acto diminuto frente a la bravuconería del recién elegido presidente. Colgar al presidente de otro país, decir lo que uno piensa y ser mal hablado parece un pecado capital inaceptable. ¿Cómo se atreve a no ser un hipócrita? ¿Cómo se atreve a no mentirnos? El fondo del asunto no es jamás desvelado por los medios de propaganda de masas, y la inmensa mayoría de los ciudadanos obtienen la firme prueba de la maldad de Trump al ver su mala educación.

Cuando la apariencia es lo único que importa, la hipocresía y la fantasía lo dominan todo, la nada moral e ideológica hacen acto de presencia y, cuando eso ocurre, todo vale.

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