México 1847-2017: Relato de la desunión

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Fuente: El Occidental

Hace 170 años las relaciones entre México y Estados Unidos estaban en su peor momento. Estados Unidos había realizado una serie de estratagemas para provocar una guerra con México que permitiera lograr su expansión hacia la costa del Pacífico.

Suscribo el criterio de que las crisis de los países no necesariamente se producen desde el exterior, sino que son fruto de las características internas del país en cuestión. En el caso de la guerra México-Estados Unidos de 1947, la pérdida de la guerra por México y de más de 2 millones de kilómetros cuadrados, no se debió solamente a las acciones militares estadounidenses.

Si bien el ejército de Estados Unidos tenía mejor entrenamiento, armamento y disciplina, así como recursos monetarios para abastecerse, a diferencia del ejército mexicano, esta incursión militar en México, de haberse encontrado con un país unido, hubiera fracasado. Ha sido citada en algunas ocasiones, una carta donde el Duque de Wellington, que indicó que el ejército americano sería aniquilado en México, por su inferioridad numérica y lo extenso del territorio.

Sin embargo, la desunión de los ciudadanos, ejército y gobierno mexicanos, produjeron la derrota de México y la pérdida territorial. Hechos tales como que gobiernos locales y estatales no colaboraron en la guerra, por no dedicar sus esfuerzos a salvar unos territorios tan lejanos; productores agropecuarios que prefirieron venderle provisiones al ejército enemigo a cambio de pagos en metálico, en lugar de las promesas y vales de los mandos militares mexicanos; el paso sin combate del ejército norteamericano de Veracruz, Puebla y hasta los alrededores de la capital, donde incluso se le sumaron refuerzos mexicanos; debates intelectuales tan numerosos como estériles, sobre la posición que México debía tomar, pero que no lograban construir ningún elemento de unidad; la indisciplina y división entre los altos mandos del ejército, que siendo de diferentes partidos políticos seguían sus propios y personales criterios en lugar de seguir las órdenes del presidente López de Santa Anna, cuyas decisiones también se regían por evitar que los demás generales obtuvieron prestigio en el conflicto.

Varios historiadores refieren que en la batalla del Molino del Rey, una de las batallas decisivas para la toma de la ciudad de México, los ejércitos norteamericanos tenían todas las condiciones para ser derrotados, ya que los agrupamientos mexicanos los tenían rodeados. Los norteamericanos no lograron realizar un avance significativo y cuando estaban tratando de reagruparse, la caballería del general Juan Álvarez nunca llegó a dar el golpe final, para que el crédito no se lo llevara el presidente López de Santa Anna. La suma de estos hechos, más la asimetría del conflicto en armas y entrenamiento, fue lo que permitió que la derrota de México y el sacrificio estéril de los soldados rasos, voluntarios y cadetes que si se entregaron hasta el final, bajo estos mandos incapaces. Entre ellos, los famosos niños héroes y del capitán Margarito Zuazo, muerto salvando su bandera.

En 170 años, poco ha cambiado respecto a la unidad de los mexicanos. La pretendida muestra de fuerza y de unidad frente al discurso anti mexicano de Donald Trump, fracasó por razones atrozmente similares.

Esta fallida convocatoria, que trataba de construir unidad y fuerza frente a la amenaza de Trump, fue minada por organizaciones que, a pesar de tener en común con los organizadores, una posición antagonista con la de Donald Trump, decidieron no salir a manifestarse, no fuera que su mensaje se tomara como apoyo al presidente Peña Nieto. Un pensamiento similar a las nefastas decisiones de los generales en Molino del Rey (un lugar muy cercano a la manifestación de 2017).

Los críticos de izquierda despreciaron y desconvocaron a la marcha. Una vez fracasada, se alegraron burlonamente de su fracaso, siendo que en principio, también rechazan la política de Trump hacia México. Estos intelectuales y comentaristas gozaron mucho del fracaso de la marcha, quizás por el simple hecho de que ellos no fueron los que convocaron y han tomado el papel de jueces supremos de la movilización social y árbitros de la legitimidad.

Desde luego, se ve poca inteligencia detrás de muchas de estas actitudes. Un presidente que tiene un apoyo de entre el 6 y el 20 por ciento de la opinión, no va a beneficiarse significativamente por una manifestación. En cambio, esta actitud sí condenó al fracaso a las manifestaciones y su legítimo propósito de unidad. Parece que el peor enemigo de un mexicano no es ningún extranjero, sino otro mexicano que trata de que nadie destaque por encima de él.

Quienes así actúan parecen no darse cuenta de que el resultado de la acción colectiva mexicana es igual de débil que la posición de su gobierno. Evidentemente, el mensaje que se envió al mundo es que la población es igual de débil que su gobierno y que ante eso, la posición de Trump puede radicalizarse aún más. No hay un contrapeso.

Si la sociedad mexicana se enfrenta a una nueva derrota, ésta no podrá ser atribuida solamente a Trump. Su causa es la imposibilidad de los mexicanos para lograr un entendimiento mínimo común y una acción conjunta ante algún reto. Esta circunstancia, que desde luego se puede cambiar, de haber interés, es la que continuamente hace fracasar a México.

Ante las referidas actitudes, México no tiene victoria posible, pero tampoco puede sentirse víctima ni responsabilizar a nadie más que a sí mismo, en tanto pueblo y gobierno. Construimos nuestros propios fracasos.

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