Normalidad

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Las revoluciones democráticas (eso que nuestros “liberales de Estado”, que detestan la democracia, llaman “populismo”) son un lujo sólo al alcance de pueblos con sistema y cultura de representación política: Inglaterra y Estados Unidos. Francia tiene el sistema (importado de América por De Gaulle), pero no la cultura, y el domingo ocurrió “lo normal”: ganó el hombre de Berlín, que garantiza a los Bancos el cobro de la deuda del Sur.

En España la “normalidad” fue una cosa muy de Franco y de Primo de Rivera. “¡Por lo menos es un general!”, fue la “normalidad” que vio Franco en la elección de Eisenhower. Y Primo se pasó su dictadura anunciando la vuelta “a la normalidad”.

Hoy, la “normalidad”, para Rajoy, es ir de testigo (que obliga a decir la verdad) a un juicio por corrupción, y la consigna en la Red es que “la normalidad” de un ex presidente de Madrid en la cárcel constituye síntoma de la excelente salud de nuestras instituciones. El argumento viene en elogio de las instituciones de Felipe II con Cervantes, de las de Felipe IV con Quevedo y, desde luego, de las del felipismo con González acompañando a la puerta de la cárcel a sus ministros.

En pura lógica pepera, las instituciones americanas creadas por Hamilton y Madison serían hoy poco menos que las ruinas de Palmira, dada la escasa presencia entre su población penitenciaria de ex presidentes y ex gobernadores.

Lo tragicómico de la situación española es notar, como espectadores, que nadie (políticos, medios) quiere sacar al toro de la corrupción del caballo de batalla, que es la separación de poderes: está en “El federalista”, y si la lectura parece antigua, mirar “La corrupción y los gobiernos. Causas, consecuencias y reforma”, 2001, de Susan Rose-Ackerman. El Consenso, que mata la libertad de pensamiento, desata, en cambio, la libertad de saqueo.

Quien no va a los toros no sabe que en la plaza, si el matador dice “Vale”, el picador entiende, normalmente, “Dale”.

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Juan

Afortunadamente para mí, conozco Inglaterra y si se la compara con España es como comparar un huevo con una castaña.

Por desgracia para España, tengo la impresión de que la estupidez aumenta cada día; no sé si aumenta el número de estúpidos (creo que no), pero sí que la estupidez de los ya estúpidos no hace más que crecer en ellos, con las consecuencias tan nefastas que ello conlleva.

No es casual que en esta España no dejen de aumentar a la velocidad del rayo aberraciones gigantescas aquí desconocidas hasta hace pocos años, como es el hecho (por ejemplo) de medicalizar a niños desde los 4 ó 6 años con medicamentos que los van a destrozar, simplemente por hacer lo que hacen los niños; esto lo digo aquí a modo de ejemplo de cómo en esta España la estupidez o la ignorancia crecen como la mala hierba, cosa mala; sobre este tema pueden ver algún vídeo de JUAN PUNDIK, psicoanalista argentino que vino y se quedó ejerciendo en España desde 1976 (sí, escapando de la Junta Militar de Videla y compañía).

En fin, saludos, amigos repúblicos.