Yo no creo que el orden público sea un valor; es una degeneración que se produjo por la evolución negativa de la Revolución Francesa. (…) El orden público aparece, como concepto, en su última etapa, unos meses antes de que Napoleón llegase a ser cónsul. Al principio se llamaba opinión pública y, durante su desarrollo, pasó a llamarse espíritu público, un concepto etéreo de orden espiritual que fue un fracaso.
El Ministerio de Interior y los Jefes de Policía les daban instrucciones a los prefectos de Policía de toda Francia y les realizaban preguntas sobre si existía un espíritu público. Las respuestas de los policías son formidables: decían que si, por espíritu público se refieren a algo intangible, que no habían visto nada. Pero si por espíritu público se entiende que no hay atracos, que se puede circular por las carreteras y que se puede salir de noche por la calles pues sí. A eso le llamaron orden público.
Napoleón toma esto como principio de ordenación de la sociedad. Y no sólo de lo que se llama orden callejero sino que dentro incluso del Código Civil introduce la noción de orden público para las instituciones civiles y las llama “instituciones de orden público”. Esto supuso una degeneración que todavía no ha sido regenerada.
En mi libro sustituyo el orden público por el orden cívico. El orden público concebido por Napoleón, Franco y todos los dictadores consiste en trasladar a la plaza pública el orden que las amas de casa privadas quieren en su propio domicilio: el orden privado. Ese orden, esa limpieza, que se ha comparado con la paz de los cementerios, es herencia de las dictaduras. Al no existir democracia en ningún país de Europa no se ha elaborado el concepto de orden público correspondiente a una democracia.
Este sería el orden cívico.
Intervención de Don Antonio García Trevijano en Radio Libertad Constituyente a 22 de febrero de 2012