Tras el comunicado oficial sobre la entrevista en Las Cabezas, Don Juan se volvió a enfadar momentáneamente y amenazó con la Universidad de Lovaina. Pero sólo fue un golpe de efecto y Juan Carlos se trasladó a la Casita de Arriba de E1 Escorial según lo acordado. Era un palacete que Franco se había hecho construir por si le hacía falta refugiarse durante la Segunda Guerra Mundial. Tenía un salón, un comedor, tres dormitorios y un despacho. Eso era todo, pero contaba con una red de comunicaciones ultramodernas y estaba construida a prueba de bombas.

Pero fuera de la Casita del Escorial, el mundo seguía girando. Juan Carlos lo comprobó un poco más tarde, cuando tuvo que representar el papel de estudiante en la Complutense. Desde finales de los años cincuenta las luchas estudiantiles se habían recrudecido en las universidades, que muchas veces eran focos de grandes agitaciones. Y el príncipe fue acogido como era de esperar. Cuando el 19 de octubre de 1960 entró por primera vez en el vestíbulo de la Facultad de Derecho, lo recibieron con gritos ensordecedores de “¡Fuera el principe Sissí! , ¡Abajo el príncipe tonto! , ¡No queremos reyes idiotas!” En este contexto, no se trataba tan sólo de grupos de falangistas y carlistas. Juan Carlos tuvo que irse por donde había venido, y volvió a su Casita del Escorial. Durante varios días, en lugar de disminuir, la tensión fue creciendo. Encontrar una solución al problema no era sencillo.
Pero las protestas en la Ciudad Universitaria, con grises o con monárquicos actuando como fuerzas del orden público, no eran la única fuente de preocupación para los franquistas en aquellos años, por mucho que Juan Carlos no se enterase prácticamente de nada. También se habían puesto en marcha proyectos nacionalistas renovados en Cataluña y el País Vasco, que desafiaban directamente la tradición centralista secular del franquismo. Y, lo más importante en cuanto a los conflictos sociales, las luchas obreras, en febrero de 1961, celebraron por primera vez desde 1939 una huelga prolongada en la cuenca minera de Asturias, de proporciones masivas y reprimida duramente por el Gobierno, del cual era entonces ministro Manuel Fraga.
Todo aquello preocupaba mucho a Washington. España continuaba siendo una de las dictaduras protegidas por los Estados Unidos (junto con la de Salazar en Portugal, Trujillo en la República Dominicana, Somoza en Nicaragua, Chiang Kai-shek en Taiwan y “potencialmente” en Vietnam).
Pero en lugar de plantearse una “intervención paramilitar indirecta”, cosa que de hecho le pasó por la cabeza en estos años agitados, la CIA empezó a pensar, para este rincón del planeta, en una pequeña apertura democratizadora calculada. Por aquí iban precisamente los tiros de los tecnócratas del Opus y de esto trataban los miembros del Gobierno franquista con los representantes del centro de inteligencia norteamericano en sus reuniones en Madrid, tras las cuales le transmitieron a Franco el interés de la institución yanqui por conseguir que nuestro Estado tolerara primero, y después legalizara, al menos dos partidos: uno socialdemócrata y otro demócrata-cristiano. El hecho de que uno fuera demócrata y el otro republicano, a imitación del modelo yanqui, tampoco era el caso, puesto que se trataba de mantener el control sobre el poder. La CIA creía que con estas actividades cumplía el deber de prever el futuro, porque si no era así, tras el Régimen débil vendría el caos y después de éste el comunismo.