Unos cuantos días antes, con la colaboración de sus ayudantes Mondéjar y Armada, con la de Torcuato Fernández Miranda, que no se lo quiso perder, y con el asesoramiento de Carrero Blanco y López Rodó, Juan Carlos preparó su discurso. Después lo leyó dos veces al dictador para que lo aprobara definitivamente. Todo estaba preparado para el gran momento de quien, a partir de entonces, sería proclamado Príncipe de España: la ceremonia del juramento, un acontecimiento de una relevancia histórica enorme, aun cuando la falta de previsión (o la premeditación, no se sabe) del mismo Franco al fijar la fecha hizo que coincidiera, nada más y nada menos, que con el alunizaje de Armstrong, Collins y Aldrin, acontecimiento que, como es natural, restó un poco de protagonismo al Príncipe en los medios de comunicación.

A partir de entonces, las visitas de Juan Carlos al Pardo pasaron de mensuales a semanales. Todos los lunes, a las cinco de la tarde, se sentaba con el dictador para comentar los temas que Armada le había preparado previamente en unas notas y que, al volver a La Zarzuela, trataba con él otra vez.
La sufrida ciudadanía, años después, tuvo que aguantar mucho cuando a los padres de la Transición los dio por querer convencernos con estudios sensatos de que todo aquello no había sido, en realidad, nada más que una broma pesada. Juan Carlos, el “defensor de la democracia”, a la sazón ya tenía absolutamente decidido liquidar el Régimen de Franco, según ellos. Vamos, que había jurado los Principios del Movimiento y las Leyes Fundamentales con los dedos cruzados. E incluso después de que, en 1993, el mismo Juan Carlos hubiera declarado públicamente: “No lo comprenderá todo el mundo… Pero si uno lo piensa bien… A menudo me he preguntado si la democratización de España hubiera sido posible al finalizar la guerra civil”. Y a continuación aseguraba que la victoria de Franco había logrado “una paz que me transmitió unas estructuras en las que me pude apoyar”.