Sobre la libertad (II): personificación

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Máscaras Sobre la libertad (II): personificación Todavía no conviene salir del armónico YO-TÚ-TÚ-YO, hecho un NOSOTROS, al que nos referíamos en la primera parte de estas conversaciones. Estábamos en el umbral de la libertad: las dos personas se han personado voluntaria y recíprocamente. Era el reconocimiento mutuo o mutua personación (acción y efecto de personarse). Las dos personas se aceptan y se hacen presentes entre sí. Es como una acción de saludarse con el efecto de darse salud, pues toda verdad es saludable y amable. La verdad es el alimento de la comprensión y el amor es comprensivo y veraz. Es un darse salud para iniciar un nuevo camino. Un camino que sea de libertad en común NO es un camino de juicio: el prejuicio cancela la libertad; el juicio la saca de quicio y la extravía. En el umbral de ese camino, las dos personas han respondido con verdad a la primera pregunta: ¿QUÉ SOMOS? “Somos personas” y, como lo somos, nos saludamos (nos per-sonamos sin señalarnos) nos damos, en el presente, salud como presente; como regalo para abordar el futuro.   Volvamos al YO-TÚ-TÚ-YO. De esas dos personas, en pie sobre el umbral de la libertad y aún por conocerse, ¿quién es TÚ? y ¿quién es YO?   – Buenos días, ¿quién eres tú?   – Buenos días. Soy yo. ¿Y tú?   – Soy yo.   Como se ve, las dos personas caen en el redundante YO-YO del que queríamos salir y no pueden saber nada la una de la otra; sólo pueden saber el no-saber que es saber nada de la nada. Caerían en el primer círculo vicioso si siguieran jugando al yoyó de cada una. El YO, cuando es utilizado como sujeto, resulta resultonamente insustituible: no es pronombre sino Nombre personal. Cuando una persona se predica a sí misma con verdad, se repica, como las campanas; con mentira salpica y se salpica, aunque el agua más sucia cae en su propia palangana. Pero, aquellas campanas, ¿quién las oirá y, sobre todo, comprenderá? Sólo gracias al Nombre Propio de cada una, que, como a su propia vida, ni siquiera han elegido, las dos personas pueden salir del primer atolladero. El Nombre Propio era el segundo regalo (una dación) que cada persona había recibido de la Comunidad a cambio de su novedosa aparición: esta segunda verdad (que sigue a la propia vida) es una verdad regalada al nacido; se le recuerda insistentemente durante sus primeros años para que no se olvide de ella.   El primer paso en el camino de la libertad se da, verazmente, cuando se utiliza el Nombre Propio que, a su vez, era el segundo presente (tras la vida) que había recibido desinteresada e involuntariamente el nacido; y desinteresada, pero voluntariamente, aunque se elija por algún bello azar hecho azahar, había sido otorgado por los adultos que lo concedieron, pues lo consideraban merecido por el nuevo ser. Es Propio en destino pero no-propio en origen, procede de otra u otras personas. El comienzo de la libertad es la primera respuesta veraz con que las personas personadas entre sí (re-sonantes) responden a la pregunta ¿QUIÉN ERES? El Nombre Propio es la respuesta generosa del YO que interesa al TÚ y queda ingresada en la cuenta de este TÚ por cuenta de aquel YO; y viceversa. El que era el segundo presente personal se convierte en el primer presente interpersonal; es el primer paso de la libertad.   Esa amable acción recíproca (esa inter-acción) consiste, por tanto, en un sencillo inter-cambio de presentes. Por eso subsiste; se lo merece. Presentes o regalos que resultan ser de interés (de inter-esse= ser que está o existe entre ser y ser) para las dos partes del resonante binomio YO-TÚ-TÚ-YO en su primer paso libre. Al concederse esos presentes las personas se están, literalmente, presentando entre sí. Así como la nueva criatura surgió como una nueva aparición bien recibida, una buena Presentación es la libertad recién aparecida.   Pero, más allá del Nombre, que procedía de dación ajena, sigue habiendo una persona desconocida. Cada persona sólo se reconocerá si es conocida por otra y viceversa. Para verdaderamente saberse, valorarse, respetarse y apreciarse ha de ser sabida, valorada, respetada y apreciada, verdaderamente, por otra persona. No como a ésta última le gustaría que fuera la primera sino como la primera, sencillamente, es. Si bien, del intercambio de seres, las personas extraen sus propias conclusiones acerca de cómo per-feccionarse o mejorar su ser, literalmente, “haciéndose entre sí”. De nuevo surge el interesante inter-esse, mediante el que las personas se trans-forman mutuamente, trans-mitiéndose y trans-portándose entre sí.   La libertad de la persona adulta es un proceso de intercambio mutuo de in-formación que permite a la otra persona, por trans-formación, ir respondiendo a las preguntas ¿QUIÉN SOY? y ¿CÓMO SOY? Esto se realiza mediante una conversación respetuosa (también con sólo una mirada); una conversación es una conjunción; no somos ni TÚ ni YO. Somos TÚ y YO. Somos NOSOTROS. Al contestar aquellas preguntas con sinceridad, cada persona SE DA a conocer para, a cambio, obtener la afirmación de su propio ser. Vuelve a ocurrir que la libertad es un intercambio de presentes. Este franquearse mutuamente (“puentearse” mutuamente), este actuar con franqueza (libertad, exención –extroversión-) es un proceso de mutua confirmación entre personas: es su propia Personificación. Es, también, un proceso de humanización perfeccionadora y de civilización mucho más valioso que el paso sobre la luna del astronauta; cualquier persona puede y debe darlo. De hecho, se da cada día, salvo por el ermitaño físico o mental, sea o no internauta. La personificación es un proceso de mutua comprensión, un acogimiento mutuo.   Pero, si decíamos que los ojos del espíritu personal ven y comprenden según un lenguaje exclusivo y súper-poliédrico propio de cada persona ¿cómo podrán surgir la comprensión y la personificación? El AMOR, consciente y voluntario, es el traductor universal de ese lenguaje jeroglífico que intercambia regalos; es el auténtico inter-esse espiritual. Es el verso del verbo universal. El amor es el que hace del YO-TÚ un NOSOTROS. Ese amor no es el de románticos, ni el de poetas ni el de Cupido con sus saetas, es el amor consciente que cualquier persona decente sabe, muy bien sabe, lo que es. No es voluntad de poder, es voluntad de amar. La persona más decente es la que no olvida que fue y que no debe dejar de ser un niño.   La personificación es la situación permanente de la Comunidad que vive en libertad; las personas se intercambian entre sí, como sus mejores presentes, en el presente. Es una concatenación de inter-acciones mediante la que se despliega esa personificación; las personas presentes, con aquellos presentes de amor, se regalan, a voluntad y sencillamente, un futuro de pacífica libertad. La personificación es un diario renacer, es una inconsútil hebra que une pacíficos renacimientos.   Seguiremos conversando SSV (=si seguimos con vida), como diría Liev Nicoláievich Tolstói, pero puesto en primera persona del plural, en un NOSOTROS.

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