La gran mayoría de los españoles están confundidos y se expresan con palabras de un modo incorrecto. No saben ni siquiera explicar con los vocablos adecuados cuanto sucede en el espacio público. La mentalidad que han adquirido es la del miedo a la política, refractaria a la política, enemiga incluso de la política. Muchos confiesan además que odian la política. Y las votaciones que hay, las que celebran todos los partidos del Estado, no son ningún simulacro, son verdaderas. Lo que sucede es que no son votaciones electivas. Son exactamente igual que las votaciones que había durante la dictadura militar y no permiten la expresión de la política. El principio electivo, además del representativo, es lo que caracteriza a la democracia como forma política de gobierno y la distingue de un Estado de partidos, que es lo que hay ahora.
Los españoles votan, si. Pero en las votaciones no se elige a nadie. No hay elecciones en España. Los votantes no eligen a los diputados, ni a los alcaldes, ni al presidente del gobierno. No existen unas elecciones donde los votantes libremente designen a los cargos públicos. Ratifican listas elaboradas por el poder y desde el poder.
Por eso la participación en las urnas, además de completamente inútil e irrelevante con respecto a la configuración del poder, lo que produce es la legitimación y el apoyo a lo que hay. Es decir, apoyo a la corrupción, al fraude y al sostenimiento de una monarquía ilegítima, con unas facciones estatales ilegítimas y con una corrupción inseparable y necesaria para su funcionamiento. Por este motivo toda persona que participa votando, depositando una lista, se corrompe al hacerlo. No solamente colabora como cooperador necesario sino que se corrompe al participar. Está incluso siendo cómplice de delitos de lesa patria y de lesa humanidad. Desde el año 2020 cada votante que acude a las urnas está apoyando los crímenes de un puñado de dementes.
Todos los votantes están moralmente corrompidos por el simple acto de votar, al participar y tomar partido en favor de las instituciones actuales del Estado. No es una condición previa o intrínsecamente ligada a su naturaleza humana, sino que es el resultado de la voluntad y la decisión que toma el votante cuando se presta para introducir una lista con nombres en una urna. Cuando toma parte a favor de la comisión de un delito de fraude.
Este es el motivo de que hoy, toda la corrupción política, es decir, toda la corrupción moral, se haya extendido hacia afuera del Estado, a todo aquello que no es el Estado, a toda la sociedad gobernada, la que debería de ser civilizada y sin embargo no lo es. Hoy la corrupción moral ya no solamente es propia de la monarquía y de la clase estatal, sino que forma parte del modo de vida cínico, inauténtico, falso, de la gran mayoría de los españoles. Es lo que han adquirido y aprendido de las prácticas delincuentes de los cargos políticos de todos los partidos.
Y por eso, en contra de lo que la mayoría cree, que consiste en pensar que se trata de la naturaleza cultural de los españoles, o del pueblo español, lo cierto es que se debe a las instituciones del régimen de poder iniciado ya después de la victoria del ejército de Franco en la guerra civil. Las mismas personas que hay hoy, la misma naturalidad española en su modo de vida, no sería corrupta y perversa si la arquitectura institucional fuese otra. Porque son las instituciones que hay, la forma del Estado y la forma de gobierno, lo que está sistemáticamente corrompiendo a todas y cada una de las personas en España.
El origen de la perversión cultural y moral está en las instituciones, está en la arquitectura del Estado, en la estructura del poder. No es una condición específica de los españoles, algo natural en el pueblo español, sino que es algo causado por las instituciones del Estado.
Porque es la monarquía, el Estado, lo que es corrupto y lo que está corrompido por encima de todo. Que como resultado de eso casi todas las personas se corrompan por completo es lo natural, es lo lógico, es lo que es razonable esperar. Porque lo que sería totalmente imposible es lo contrario, que participasen y tomasen partido sin corromperse. Nadie que participe de las instituciones del Estado español puede hacerlo sin corromperse, salvo si opera como un puro funcionario, desempeñando actividades meramente burocráticas, sometidas a una jerarquía y que consisten exclusivamente en obedecer las órdenes sin cuestionarlas.
La mayoría están por lo tanto desesperados y creen que lo que hay no tiene remedio, porque piensan que lo que sucede es a causa de la naturaleza española, como si los españoles fuesen de otra especie distinta a la de cualquier otro ser humano del planeta. Creen, incluso, que se debe a causas espirituales o de origen mítico, fundadas en la superchería, algo de lo que culpan a un mito que denominan “la leyenda negra de España”. Como si por la culpa de una leyenda negra se hubiesen causado las desgracias a España y su fracaso se debiese a causas extrañas o exógenas. Pero sin embargo están absolutamente equivocados. Y retomar la dialéctica en torno a esa trasnochada leyenda negra que todo parece ensombrecerlo, supone el mantenimiento de un error, de una mentalidad equivocada por su propia naturaleza idealista y espiritista. Y si estuviesen en lo cierto, efectivamente no habría alternativa ni solución a lo que pasa. Pero la alternativa y la solución la hay. Y no es moral, no consiste en educar a las personas o tratar de cambiar su naturaleza, sino que es institucional.
La institución de la democracia y de unas instituciones democráticas, contra todas las actuales, constituiría una novedosa forma de gobierno en la que sería posible la política. El desarrollo normal y natural de la política. Su expresión material.
La política estaba prohibida con Franco tanto como está prohibida hoy. Pero sin embargo, la política es algo intrínsecamente ligado a la naturaleza de los hombres, a su modo de ser social. Es algo que únicamente se puede dar cuando existe la Libertad (colectiva), algo que se desarrolla sobre la base del conflicto y de la polémica. Es decir, todo lo contrario de lo que sostiene el pensamiento tradicional falangista, que se apoya sobre la idea de la reconciliación nacional (idea nefasta del abogado José Antonio Primo de Rivera). Y en contra de ese mito perverso que es el de la unidad. Como si la Libertad pudiese tener el requisito previo o el fundamento en la unidad política, o dicho de otro modo, en la ideología o en una determinada idea de España.
La democracia, como forma de gobierno, es la canalización civilizada del conflicto. Es la institucionalización de lo que sirve como garantía de la Libertad. No es un fin en sí misma. No es una meta tras un largo peregrinar. No es el paraíso terrenal. Es el inicio de la política, de la expresión natural de la polémica social, de la lucha de clases, del enfrentamiento de intereses opuestos entre personas desiguales por su condición. La democracia no es ni el gobierno del pueblo, ni una forma de gobernar, ni un instrumento para la toma de las decisiones de gobierno. Ni siquiera etimológicamente la palabra “democracia” significa eso que se explica vulgarmente de: “gobierno del pueblo”. Porque la palabra griega “kratos” (Κράτος) tiene el sentido de la fuerza de la autoridad, no del gobierno o de la potestad en la toma de las decisiones. Ni el pueblo puede salvar al pueblo como dice la demagogia, ni el pueblo puede ser soberano, ni menos todavía podrá nunca gobernar.
Por eso la democracia formal, como forma de gobierno, la única que existe y que es posible alcanzar o realizar, lo que permite es la elección del gobierno, la transformación de la potencia nacional en una forma ejecutiva de gobierno. Permite que algo abstracto, indefinido, como lo es eso de “el pueblo”, tome una forma institucional en un poder ejecutivo. Un poder ejecutivo que es el único que toma las decisiones de gobierno. Al ser algo tan peligroso de poner en las manos de cualquier persona, debe de ser controlado, atado o sujetado mediante la creación de otras instituciones distintas, separadas del gobierno, opuestas radicalmente al gobierno, que son las propias de la nación y no del Estado. Y esas instituciones son todas las que forman parte del poder legislativo. Un poder que no es estatal y que no forma parte del Estado. Por eso la expresión “separación de los poderes del Estado” que se suele utilizar, es confusa y conduce al error. Porque lo correcto sería especificar que lo que debe ser separado es el poder legislativo del poder del Estado, es decir, sacar el poder de legislar del Estado, que es donde está actualmente. Suprimir la existencia del BOE mediante el que el Estado está usurpando una función que no le corresponde.
Pero lo importante de este escrito es mi advertencia o mi comunicación a todos los demás, de que hay esperanza en España, en el futuro de España y en el propio pueblo español. Porque la causa de lo que sucede ahora, de toda la ruina económica y sobre todo de la decadencia moral, no se debe a los españoles, a la naturaleza humana de los españoles, como si fuese distinta de otras, sino a las instituciones. No se debe ni a “leyendas negras”, ni a las apetencias de otros gobiernos, ni siquiera a las debilidades naturales humanas que son inevitables. Y precisamente es en las instituciones, en el Estado, en lo que mas ciegamente confían actualmente todos los votantes. Confían plenamente en las instituciones y desconfían de las personas; de sus vecinos, de su propia familia e incluso de sí mismos, porque no tienen ni la menor seguridad en su propia integridad o en la de los demás. Han perdido toda fuerza moral después de tantas y tantas décadas habiendo sido sistemáticamente engañados por las instituciones que tuvieron su comienzo en la dictadura militar de Franco.
Abandonen pues esa desesperación de los reaccionarios, ese conformismo pragmático de los conservadores y reformistas, libérense del derrotismo, y comiencen a pensar como revolucionarios, como una fuerza de oposición política a la monarquía española de los partidos. La conquista de la Libertad es posible. Es difícil, y desgraciadamente requiere de sacrificios, pero es totalmente realizable. Es concebible, y no existe ni el menor obstáculo para ello, que en el futuro pueda haber democracia en España, una garantía institucional de los derechos y de la Libertad. La existencia de un Derecho al servicio de la Libertad, que sirva para proteger la Libertad y no para impedirla como ahora.
La esperanza en el porvenir está y estará siempre en la Libertad. Porque la libertad es, además de fundadora, creadora. Por eso mi acción, desde que soy el presidente del MCRC, consiste en comunicar esa idea de esperanza, de que la esperanza está en la conquista de la libertad política colectiva.