Saludo a Ítaca

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

Es tanta la desolación intelectual que nos rodea; tanta la desidia del pensamiento que ve y siente las cosas del poder con ojos y sentimientos estatales trasplantados a la sociedad; es tan mentiroso el eco del discurso público y tan vacía la palabra que lo expresa, que hasta la elemental comunicación inteligible entre personas que discrepan parece un sueño irrealizable. Llevo años escribiendo contra la confusión para eliminar los obstáculos al diálogo entre apologetas de la partitocracia y demócratas. Yo sostengo la evidencia de que esto no es democracia, sino una oligarquía de aparatos de partidos que, por su propia naturaleza, produce corrupción, crimen y toda clase de injusticias basadas en razones de Estado o de partido. Nadie osa contestarme. Pero el engaño ideológico impide saber a casi todos que la democracia es otra forma distinta de gobierno, que podemos lograr. He tenido que destruir los mitos históricos y las falsas ideologías en que se ampara la Gran Mentira, para poder construir una Teoría Pura, y dar una definición de la Democracia, tan alejadas de utopías como de groseros pragmatismos o ficticios formalismos.

Itaca no es isla de utopía. Pero el mito de Penélope, destruyendo y reconstruyendo un sudario al modo como se renueva la vida, es fascinante. Expresa la idea de regeneración incesante que late en la auténtica voluntad de progreso. Si alguien desea cohonestar su vida y su mente, debe comenzar por zafarse de todo aquello que el consenso considera una solución. El conflicto de Penélope con sus pretendientes, rivales del ausente Ulises, no lo resolvía el conformismo constructivo durante el día o la radical destrucción durante la noche. Requería otra solución global más inteligente. La astucia de la mujer la encontró para dar tiempo al retorno de su esposo. Penélope pudo adueñarse del tiempo porque no fue mujer promediadora. No se conformó al consenso de los oligarcas que la cortejaban, ni su repulsa fue radical. Protagonizó un cambio en el modo de tejer destejiendo y de atinar la flecha en el anillo de desposada. Dominadora del tiempo, la suerte la favoreció y no le sucedió como a la inmolada, y también fiel, Lucrecia. Así pudo convertirse en mito de progreso con fidelidad a sí misma.

Cuatro nombres públicos adoptan hoy el de Itaca para cambiar la orientación de la izquierda y encarnar la dirección del cambio. Es una novedad que merece ser saludada con simpatía y analizada con seriedad. Su pasado y su presente justifican el crédito personal que damos a su palabra. Pero sólo lo que dicen podrá avalar su porvenir. Y lo que dicen tiene mucho de buena fe, de buenos sentimientos y de buena conciencia, lo que ya es mucho decir en el mal emocional de la izquierda. Aunque no sería leal dejar pasar la ocasión sin advertir que nada hay de nuevo en sus propósitos ideológicos con relación a los de IU. La tradición de la izquierda sacrificó la libertad política a la igualdad social. Y esta tradición no se rompe por decir que «el primer y principal fundamento de la izquierda es la democracia y que ningún paraíso progresista se puede edificar al margen de la libertad y la voluntad popular». Porque en esta Monarquía, donde los aparatos de partidos tienen secuestrada la potestad de gobierno, la de representación popular y la rectoría de la justicia, Itaca sigue persiguiendo la igualdad social sin ocuparse de la necesidad previa de conquistar la libertad política, que simboliza Ulises. Sin él, la sociedad civil (Penélope) hubiera sido conformista o radical. Que viene a ser, por su resultado, lo mismo. A pesar de que, por carácter e intención, Itaca sea progresista.

(EL MUNDO. LUNES 2 DE DICIEMBRE DE 1996)

 


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Rodri

No hay duda. El Sr. Trevijano es un líder adelantado a su tiempo. Pero algún día llegaremos a ese tiempo adelantado.