Ha parecido coincidir, según la prensa- y falsamente-, el fin de año con el fin del consenso  entre los partidos  y ha sido, también se dice, el nuevo portavoz del PP en el Congreso el heraldo de la ruptura.

Se viene a significar, en palabras pocas, que el partido en el gobierno va a salir a la arena electoral a batirse solo contra Podemos y que al PSOE ni agua. Y todo esto bajo una noche oscura de sumarios que amenazan y con la menguada faltriquera de una mejoría económica  que el más optimista considera sólo pírrica. Las elecciones autonómicas y municipales se dan acaso por perdidas, pero lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota- que dijera Valle-, y así, menos que más, se alcanzará la mayoría en las generales, que no será absoluta, pero ahí está el recuerdo y el ejemplo de aquel presidente Aznar primero, que con exigua y simple mayoría  fue espejo de príncipes y dechado de virtudes y que supo hacer política de pactos con los nacionalistas, acuerdos aquéllos tan buenos para España. Será  la hora entonces de volver al consenso, otra vez al consenso, como el eterno retorno de los estoicos. Será la hora de un nuevo amanecer después del incendio, después de esta que ha hecho arder hasta la moqueta que pisan los consejos de administración.

Al consenso, espíritu salvífico de La Transición, apelan también otros para conjurar el peligro del nacionalismo periférico y del populismo emergente, aunque parece que este último se viene templando, precisamente, a base de pisar moqueta, igual que los comunistas de Carrillo en el año setenta y siete. El eterno retorno. Es el círculo de Podemos un uróboros remozado.

El consenso, decía. No proviene este vocablo de otro sitio sino del ámbito religioso en el Medievo, donde expresaba el beneplácito de una autoridad eclesiástica superior a una solicitud determinada. También, más a la manera como se entiende hoy, se aplicó el concepto  al movimiento conciliar tras el Cisma de Occidente. Y de ahí es que se filtró la técnica del consenso al siglo y por vez primera en la historia de Castilla un rey, Enrique de Trastámara, fue proclamado sin atender al mecanismo de la sucesión. La falta de  que daba el mito de la sangre fue suplida con la intensa propaganda del consenso, cosa buena que era sólo para oligarcas y en torno a la privanza, institución tan española con la que el rey repartía el poder con sus amigos.

Transcurrieron los siglos, otro monarca, JC, vino a escamotear la línea sucesoria, a consensuar el reparto del gobierno- la privanza- con los partidos de camisas nuevas y viejas recicladas y los otrora clandestinos (la moqueta, ay), y a suplir la falta de legitimidad de un régimen con la propaganda del consenso que todavía resulta. El consenso, que en otro tiempo permitió consolidar el absolutismo y que ahora impide la venida de la libertad política.

El eterno retorno, decía.

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