Las grandes mentiras del llevan aparejadas una puesta en escena cuidadosamente calculada. No es un secreto que cuentan con la colaboración de los medios periodísticos mayoritarios, que corroboran y amplifican la versión oficial para mantener vivo el negocio. Las distintas estrategias represivas pasan por operaciones de control social de sobra conocidas, con el consenso como base de partida.

Una de esas operaciones destacadas, por su elevado rango de brutalidad, fue aquella a la que bautizaron con el rimbombante sobrenombre de ““. Con esta maniobra se sometió a los vasallos a una sangrante humillación mantenida en todo el país durante un tiempo más que excesivo. A tales cotas de locura llegó, que se ha ganado un lugar privilegiado como hecho histórico singular. Toda una joya de la industria represiva del Régimen.

Fue también la demostración más refinada, a día de hoy, de hasta dónde puede llegar la de una sociedad a la que se le ha extirpado la .

Por esta circunstancia excepcional me dirijo después de un tiempo prudencial al obediente español para hacer recuento de bajas. Me dirijo a todo aquel que participó. Al que obedeció. Al que colaboró, activa o pasivamente, en aquella operación estatal destinada a inyectar pánico a granel.

Y no por una cuestión personal, sino para hacer constar que eres el mismo que hoy sigue votando. El mismo que sigue legitimando. El mismo que no ha cambiado nada porque no ha entendido nada. El mismo que mantiene su servidumbre sin pensar en las consecuencias para los demás. Nada ha cambiado desde entonces a hoy.

La cuestión a destacar es que te dejas engañar porque estás predispuesto a acatar órdenes. Te dijeron que estabas enfermo aunque no tuvieras síntoma alguno, y lo aceptaste sin exigir una sola prueba. Te dijeron “quédate en casa”, y te encerraste en el pesebre. Reforzando el candado. Te animaron a aplaudir a una hora fija desde tu balcón, y aplaudiste con la devoción del converso. Un súbdito, un balcón, una garita…

Como colaboracionista pusiste a disposición del régimen cuerpo y alma para que ejerciera la tiranía con la máxima eficacia. Te ordenaron cubrir tu rostro, y además exigiste que los demás hicieran lo mismo. Te conminaron a cerrar tu negocio, tu medio de vida, y obedeciste. Provocando tu propia ruina económica. Llamaste a eso responsabilidad.

Te presionaron para que abandonaras a tu familiar enfermo o moribundo, y bajaste la cabeza. ¿Lo llamaste fatalidad, destino, mala suerte?

Te ofrecieron un salvoconducto de libertad condicionada a cambio de someterte a un experimento farmacéutico de efectos inciertos. Y aceptaste el trato sin leer la letra pequeña. Alegando que había que hacerlo…¡Por !

Cuando algunos de tus vecinos, amigos o familiares se negaron, los señalaste. Con nombre y apellidos. Con denuncias. Con la satisfacción del delator convencido de su virtud. Era tu deber. Sin embargo lo más tétrico no fue la operación en sí. Los Estados de partidos llevan décadas perfeccionando sus instrumentos de control social. Lo que reflejó verdadero patetismo borreguil fue la respuesta de la sociedad civil española: mostrando una docilidad que habría escandalizado a cualquier ciudadano que tuviera su parcela de intacta.

Porque un ciudadano, en el sentido propio del término, no obedece bajo coacción. Delibera, juzga y actúa. El súbdito, en cambio, espera instrucciones. Como el perro que espera impaciente la orden del amo.

Los servidores del régimen demostraron, con una claridad que no admite matices, qué tipo de relación quieren mantener con el poder. Optan por la del esclavo convencido de que la sumisión es el orden natural de las cosas.

Aquella fue una oportunidad histórica. No para combatir los delirios estatales, sino para algo mucho más fácil y mucho más necesario: poner en práctica la . Era la ocasión perfecta para organizarse al margen del Estado de partidos y sus aparatos de propaganda.

Esa oportunidad se desaprovechó por completo. Y no por ignorancia circunstancial, sino por una política de fondo, anterior a cualquier pandemia improvisada por decreto: la pasión de servidumbre provocada por la ausencia de libertad política colectiva y, por tanto, la incapacidad de ejercerla.

Han pasado los años. La operación ha quedado atrás como un simple episodio de brutal represión policial. Pero el súbdito que la protagonizó sigue en su pedestal de mármol. Sigue acudiendo a las urnas a legitimar las mismas listas de Partido que administraron su confinamiento. Sigue llamando a lo que es una estatales. Sigue confundiendo permiso individual otorgado con libertad política colectiva conquistada. Sigue siendo lo que siempre ha sido.

No ha habido autocrítica. No ha habido revisión. No ha habido ni el mínimo gesto de lucidez que cabría esperar de alguien que, al menos, hubiera sentido vergüenza. Solo el silencio cómodo del espectador apolítico.

No ha habido autocrítica. No ha habido revisión. No ha habido ni el mínimo gesto de lucidez que cabría esperar de alguien que, al menos, hubiera sentido vergüenza. Solo el silencio cómodo del espectador apolítico.

Y así, en ese estado de suspensión permanente, en ese limbo entre la vida y la muerte política, el súbdito español desperdicia su existencia, políticamente inexistente, siempre fiel a su propia ignominia.

No hay altruismo en este texto. Qué quede claro. El único interés que me mueve es el de conquistar la libertad política colectiva, que es también la mía. No escribo para salvarte. Escribo porque tu servidumbre es el obstáculo para que yo sea libre.

Puro egoísmo, sí. Al menos eso es honesto. Algo que tú no puedes decir de ti mismo. Mientras tanto:

¿Hasta cuándo vas a seguir pidiendo permiso para desobedecer?
¿Y la Libertad para cuándo?

Ahora vete a votar… ya me contarás.

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