El mito del hombre libre

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Diario Español de la República Constitucional

Bonanza (Cádiz) (foto: Óscar) El mito del hombre libre A don Dalmacio Negro, con admiración.   La ciudadanía en el mundo antiguo significó la superación del agrupamiento humano entorno a un vínculo sanguíneo constatable (Nación Natural) y, en este sentido, el reconocimiento psicológico de un cierto grado de civilización. Pero la palabra “ciudadano” tomó su acepción moderna cuando la caída del Antiguo Régimen despersonificó el Estado y dio paso a la idea-fuerza de trasladar a cada anónimo individuo hasta él, tarea imposible. Para hacer de un individuo todos, tuvo que imponerse el principio de igualdad sobre el de libertad; aparecieron así la demagogia y la corrupción del pensamiento (Nación Política). Si la Nación Política no se identifica con la Sociedad Civil a través de la Sociedad Política, aquella primera es fascismo: un proyecto de poder arraigado en pretendidos axiomas naturales o culturales, que será inexorablemente destinado a hacer universales los intereses particulares y mantenido vivo por los propios interesados.   El ciudadano no es el monómero de la Nación Política, como se deduce de la lectura de El mito del ciudadano, sino el de la Sociedad Civil. En su dimensión horizontal, como ser vivo comunitario, la expresión hombre libre incorpora el sugerente sesgo físico que otorga la capacidad de actuar, de crear. Pero es, además, la inclusión fantástica en el yo -en la conciencia individual- de aquello que sólo puede ser colectivo, la libertad, para mantener viva la perdida totipotencia del Uno. El hombre es político, pero el hombre libre deja de serlo para convertirse en una versión pre-moral del buen salvaje. Votar fútilmente acalla la hiperestésica conciencia de ese hombre libre, frustrando el ser ciudadano.   Cuando el hombre deja de ser una evolución constante, cuando genera estructuras de organización vertical, el ciudadano se convierte en un nicho intelectual y sociopolítico –en el sentido en que los biólogos emplean “nicho”-. Un ciudadano no actúa por sí mismo; se comunica con el Estado, como ya anticipó Aristóteles, institucionalmente. La libertad individual, así vista, constituye una aporía política, un oxímoron y el mito romántico de don Federico Nietzsche: “Alemanes, en vano esperáis ser nación, formaos para ser, en cambio, hombres libres”.

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