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Si es mayúscula y afecta a muchos, la estupidez puede ser un crimen. Me asalta este pensamiento siempre que oigo decir: primero acabemos con ETA, luego hablaremos de autodeterminación. La estupidez consiste en creer que se puede acabar con el efecto (ETA) sin acabar con la causa (autodeterminación) que lo crea y mantiene. Como las ideas no se pueden encarcelar con las personas que las portan, ni se agostan silenciándolas, habrá terrorismo mientras que en la sociedad civil no se abra un debate capaz de anular la idea que lo legitima ante sí mismo, y los partidos del Estado mantengan la criminal esperanza de dar paso, aunque sea teórico, al federalismo o la secesión. Dos fenómenos igualmente necesitados de previo derecho a la autodeterminación.

Dejando de momento la dimensión criminal de la estupidez, debo recordar que en la Transición al Estado de Autonomías no se debatió la idea de autodeterminación. Y los partidos la afirman o la aceptan a regañadientes, como si el derecho de los pueblos a la secesión fuera una evidencia no necesitada de demostración. Salvo en mi «Discurso de la República», nadie se ha molestado en explicar en qué consiste y a qué pueblos se aplica. Y nadie se atreve a negarla hoy como derecho, pese a no estar fundada en la libertad colectiva del pueblo español y carecer, además, de la substancia propia de los derechos políticos.

Es bastante fácil, con libertad de pensamiento y rigor de expresión, destruir las creencias que provienen de raciocinios o datos equivocados. Se puede dialogar con quienes, no siendo nacionalistas, defienden el derecho de autodeterminación como derecho natural o como expresión de la libertad política. No será difícil, si son cultos o inteligentes, sacarlos de su error. Sin embargo, no es posible mantener este diálogo con un nacionalista. La fe que profesan ETA y partidos nacionalistas en SU derecho a la Independencia no ha sido fruto de un razonamiento ni de una pasión de libertad, sino del sentimiento narcisista de amor a la comunidad autóctona y envidia del Estado. Los sentimientos no entienden de razones. Sólo se superan con otros sentimientos.

El objetivo de un debate nacional sobre la autodeterminación no es diluir en razones el sentimiento separatista, sino mostrar la irracionalidad que implica apoyar, por razón de la libertad, las metas del nacionalismo narcisista sin estar embargado por tal sentimiento. Se puede comprender que un vasco nacionalista crea por necesidad sentimental, en el derecho a la Independencia. Pero hay extravío de la razón en los que defienden ese derecho sin ser vascos o si, siéndolos, no están emocionalmente dominados por el ardor del sentimiento nacionalista.

No es concebible que una persona decente llegue a pensar que más vale conceder la Independencia que soportar el terrorismo, a sabiendas de que eso es una injusticia mayor y más sangrienta de la que se desea huir. Si ETA viola los derechos vitales de miles de personas, la Independencia violaría los de millones. Quienes en busca de seguridad o tranquilidad hacen abandono de derechos y libertades, aparte de que no los merecen, no saben que por ese camino encontrarán mayor inseguridad y menor libertad de la que tienen. La lógica de los acontecimientos históricos, que muchas veces hace triunfar la perfidia de la traición, nunca premia la comodidad de la cobardía ni de la pereza de la dejación.

Si ETA, impulsada por un sentimiento nacionalista que la enajena, no tiene derecho a desgarrar las entrañas de la sociedad vasca ante el altar de la Independencia, mucho menos lo tienen aquellos que, por temor personal o por falta de entereza ante el terrorismo, estarían dispuestos a desgarrar la entera sociedad española en aras de una ilusión quimérica. Pues lo que habría sido conquistado por dejación ante el terror, sólo el terrorismo lo podría conservar.

LA RAZÓN. LUNES 26 DE NOVIEMBRE DE 2001

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