Todo experimenta de simpatía y antipatía por algo o alguien, sin saber por qué. Los antiguos suponían que eran reflejos humanos de la conjunción a que tienden los elementos de la Naturaleza. La simpatía natural, la buena estrella, podía ser canalizada hacia la simpatía social o la personal mediante talismanes o hechizos. Los tratadistas de las pasiones explicaron las ajenas por introspección de las propias. Los ilustrados hicieron lo contrario, encontraron en las de otros las simpatías nuestras.

A pesar de la simpleza de la filosofía moral de los sentimientos, basada en ponerse en lugar de otro para participar en sus emociones, llegó a fundar la moderna. El test de Szondi, por ejemplo, consistía en mostrar series de fotografías de personas, sin decir que estaban alienadas, para elegir las que podrías sentar a tu lado en un tren y las que no querrías estar a solas con ellas. La simpatía o antipatía hacia ocho tipos de locura descubrían el grado de equilibrio mental o emocional del examinado. Ese método no era sustancialmente distinto del que siguen las agencias publicitarias en campañas electorales, para afear las ciudades con carteles fotográficos de prototipos merecedores de ser votados por sus caras rejuvenecidas con retoques de idiotez sublime y bondad edificante. Los candidatos besan a los niños y los votantes eligen a diferentes tipos de una misma locura de poder simpático.

Pero la simpatía no es un estado ni produce identificación con lo simpatizado. La intuición sensible la descubre, pero no la alimenta. Para fundar la simpatía en algo más real que la impresión agradable, necesita el concurso de la intuición inteligente que penetra en la psicología ajena sin sufrir contagio afectivo. Sin esa asepsia, los abogados se identificarían con los criminales, los psiquiatras con los locos y todos los votantes con la corrupción de sus partidos. Suponer que sólo es posible comprender lo que se experimenta es un error que puede evitar la simpatía, si ésta es percibida como primer escalón del sentimiento intencional en la escalera de afinidades, con descansillos de estacionamiento, que lleva desde el caer bien y el gusto por la grata compañía hasta la amistad. La simpatía mutua es difícil de sentir en el amor a causa de la pasión que la encubre. Se nota su falta cuando el amor sin afecto acaba y emerge la incompatibilidad.

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