De la “empatía” y el corpus espiritual dogmático del Estado de partidos

El fundamento de la fe del votante

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“Lo que os pasa a los que vais sin el bozal por las calles es que no tenéis empatía”

Esta es una frase, no demasiado infrecuente, que debido a la perversión moral y especialmente a la deformación del idioma que produce el consenso político, se viene escuchando y leyendo últimamente.

Siempre que la escucho no puedo por menos que pensar: ¡Gracias a Dios!. Y es que, qué mayor horror y monstruosidad cabría imaginar, que la posibilidad de que los seres humanos hubiésemos sido dotados con la facultad sobrenatural de la “empatía”, despojándonos así de los atributos naturales de la especie, como lo son la simpatía y la antipatía. Cualidades ambas, que sirven al normal desempeño biológico y a la propia naturaleza de la racionalidad y sensatez de la conducta.

Fue bastante estéril el intento de introducir en las conversaciones populares la palabra igualmente aberrante de “empoderar”, otra atribución imaginaria y platónica que se sitúa ciertamente más allá de la realidad física, e incluso de las disquisiciones metafísicas. Ni siquiera Dios, para los que sean creyentes, podría poseer esa facultad para transmitir su poder a los mortales. ¡Toda la teología de todos los tiempos, aniquilada con un simple artilugio semántico!

Pero es en el caso de esta palabra que nos ocupa, la que utilizan los modernos vasallos, la “empatía”, donde mejor se ha fraguado toda la degeneración y la monstruosidad moral derivada del consenso político. No hay mayor impostura posible que la que se halla en la promulgación de la “empatía”, ni mayor satisfacción cabe imaginar que la que uno encuentra cuando sabe que, quienes no llevan el bozal, carecen de ella. Es precisamente gracias a no profesar la fe de los cretinos en esa palabra absurda, que se libran en sus acciones de la servidumbre voluntaria de quienes los llevan.

 

La palabra “empatía”, que tiene una adopción popular bastante reciente y ciertamente forma parte de una moda que se adquiere por imitación, hace referencia específica a la traslación de un “pathos” o padecimiento de un individuo a otro distinto. Desde un punto de vista estrictamente físico-biológico esto es algo completamente imposible, contrario a la ciencia, pero igualmente lo es en el aspecto que supondría una identificación emocional (siendo las emociones un nivel más bajo o inferior de los sentimientos). No me entretendré sin embargo ahora en éste análisis, que considero que puede ser realizado por cualquier lector de este texto, que lo desee elaborar de forma pormenorizada, acudiendo incluso a la neurociencia y a las consecuencias filosóficas derivadas.

Las implicaciones del artilugio semántico de la “empatía”, son directamente debidas a toda la filosofía puramente idealista y romántica de la integración de las masas en el Estado, es decir, de la base fundamental del fascismo europeo. Siendo necesaria la asunción de esta facultad sobrenatural para todo militante, porque formaría ese corpus espiritual en un Estado de partidos, se ha de creer que se manifiesta en una cámara legislativa, cuyos miembros son elegidos desde el poder y no por los votantes o gobernados.

Además del hecho objetivo de que las masas al no estar representadas en un Estado de partidos (o partidocracia si se prefiere) experimentan un sentimiento identitario, existe también, necesariamente, la creencia dogmática en la telepatía (de nuevo un “pathos” que viaja por el éter) que es la facultad sobrenatural que permitiría a los votantes que sus pensamientos, anhelos y deseos desciendan, como si fuese el Espíritu Santo, sobre las cabezas de todos y cada uno de los diputados de los partidos estatales.

Es decir, para fundamentar este Régimen totalitario de partidos políticos estatales, algo denominado por la más prestigiosa jurisprudencia europea como “Estado de partidos”, es necesario el dogma de fe que consiste en creer en la telepatía (para poder explicar la soberanía del Congreso de los Diputados de los partidos) y en la “empatía”, para que los súbditos se sientan identificados con toda la corrupción de los partidos estatales, con los órganos del propio Estado. Esto es algo que explica exactamente así, con estas palabras, Gerhard Leibholz, jurisconsulto alemán y Presidente del Tribunal de Bonn después de la II Guerra Mundial. No especulado o elucubrado aquí, para justificar un alegato. Es expresado de esa forma literal para fundar el corpus jurídico del Estado partidocrático integrador de masas y suprimir con ello la representación política. Es la misma doctrina que en España siguen García-Pelayo (profesor de Derecho constitucional y Presidente del Tribunal Constitucional de España en 1980) o Peces-Barba (profesor de filosofía del Derecho y Presidente del Congreso en la legislatura de 1982), por ejemplo. La situación patológica de enajenación mental de la mayor parte de la sociedad española la explica este fundamento del Estado de partidos, tal y como traté en mi artículo “¿Están los españoles mentalmente enfermos?

Por el motivo anterior cabe fácilmente concluir que toda persona que vota se corrompe porque necesariamente tiene que hacerlo al aceptar la doctrina. Siendo factor de Gobierno en el Estado de partidos, toda la corrupción de todas sus facciones es trasladada y la hacen propia los votantes, tan corruptos entonces como lo son esos órganos estatales. Y esto es un hecho cierto, que no depende del nombre de esa entidad estatal, del partido político votado.

Esto que digo no es algo discutible para cualquier persona que defienda la partidocracia, puesto que es una cuestión religiosa, un dogma de fe, algo que forma un corpus espiritual y dogmático cerrado. Obligatoriamente tienen que aceptar eso, como hecho cierto, todas las personas que votan en un Estado de partidos, porque en caso contrario, si cuestionasen la telepatía o la identificación emocional con los partidos del Estado (la “empatía“), con unas ficciones jurídicas, entonces es imposible que contribuyan en conciencia a sostenerlo y son automáticamente herejes, disidentes del dogma. Y ningún régimen totalitario, como es el caso del que hay en España, tolera jamás la disidencia. Máxime en la débil situación actual, que ha causado un retorno a un Estado policial donde ya no se sostiene el Derecho.

La disidencia con este dogma de fe que he explicado, es lo que justifica la abstención activa, no votar, y promulga con ello la libertad y actuación en conciencia de cada individuo como agente político, en contra de la ficción espiritual de cualquier partido que sea estatal.

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Vicente Dessy

García Pelayo fue el primer presidente del Tribunal Constitucional pero nunca del Supremo.