Manifestación independentista Fracaso autonómico Las artificiosas Autonomías no han logrado calmar los punzantes sentimientos de identidad nacional de vascos y catalanes; es más, atiborrando de café a todas las regiones, se han mantenido bien despiertas las reivindicaciones nacionalistas del derecho a la autodeterminación, es decir, a independizarse o a imponer al resto de los españoles el reconocimiento de un derecho que la Historia no ha podido establecer como hecho. Además de esta exacerbación de las ansias secesionistas, el tinglado autonómico ha derivado en un fastuoso despilfarro, en una duplicidad de abusos, discriminaciones e incompetencias, y en una maraña de leyes. El arbitrismo de la vertebración autonómica, impulsado por oligarcas tan indoctos como Suárez, constituye un fracaso colosal.   En su momento, la socialdemocracia alemana hizo resurgir al PSOE de sus cenizas y de su prolongada ausencia antifranquista, moldeando la figura de un líder que estuviera a la altura del oportunismo y la deslealtad que exigían los nuevos tiempos. Ahora, con el descalabro económico y la insolvencia generalizada, desde la cancillería del Gran Hermano del Norte vuelven a señalar el camino correcto, esta vez al atolondrado sucesor de González. Pero resulta que la causa general del mal que padecemos estriba en el Estado de los Partidos y de las Autonomías inspirado en el modelo alemán. No es extraño que, siguiendo el ejemplo alemán, los observadores de la “realidad plurinacional” hayan abogado por implantar un federalismo autóctono o asimétrico, creyendo que éste originaría la fuerza centrípeta o integradora que el autonomismo no ha creado. La división del Estado nacional que tenemos en diecisiete Estados regionales, para separarlos y volverlos a injertar en un nuevo Estado federal, mediante un pacto, haría sencillísima a los nacionalistas la tarea de romper semejante contrato o lazo jurídico.   Fue en Alemania, precisamente, donde hace unos años se publicó con gran repercusión La trampa del consenso, de Thomas Darnstädt, quien señaló la inevitable parálisis a la que conduce la fragmentación territorial y la necesidad, al no existir la regla democrática de las mayorías y minorías, de negociar y pactar hasta extremos grotescos, entre los distintos partidos que componen la oligarquía.   En España, sin embargo, el disparate institucional es mucho más disolvente. ¿Dónde cabe encontrar tanto cinismo político como aquí, proclamando la defensa de la unidad nacional al mismo tiempo que se conquista el poder asociándose con independentistas? El que confunda la existencia de España con su abyecto Régimen actual corre el peligro de ser absorbido por el agujero negro del patriotismo constitucional, otra importación alemana.

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