Claro

Oscuro

Y continúa el amigo Santayana desde donde lo dejamos en el capítulo anterior (1):
“Él [Espíritu] ve, lo cual es un misterio para ella [Psique] porque, aunque ella siempre ha actuado como si, de algún modo, notara las cosas a distancia, nunca ha visto ni ha podido ver nada. Tampoco le son a ella de ninguna utilidad los sentidos de él, a pesar de toda su vivacidad. Porque ¿qué le muestran a él? Siempre algo irrelevante: un haz polvoriento a través de las vigas, una llama azul bailando en las ascuas, un murmullo, un borboteo de agua, un aliento de calidez o frialdad, un hastío mortal o una infundada alegría -todo imágenes oníricas, visiones de un mundo divertido, esencias pintadas en el aire, tales como podría inventar cualquier poeta ocioso-. Pero el hijo se preocupa por ellas enormemente: rebosa lágrimas repentinas y celosos pequeños amores.
«Calla, hijo mío», dice su madre Psique, «todo carece de sentido». Ella no contempla aquellas fantásticas visiones: hace punto con los ojos cerrados y murmura las mismas oraciones antiguas. Siempre ha ido a tientas entre obstáculos, como un topo avanzando donde la tierra era más blanda. Puede distinguir los amigos de los enemigos (no siempre correctamente), según un misterioso instinto y, valga decir, el ritmo de sus pasos cuando se aproximan. Como Penélope, es muy sufrida y leal, pero, cuando se siente fuertemente presionada y en apuros, se vuelve feroz. Entonces es terriblemente categórica, ciegamente resuelta a la venganza y a la cruel destrucción.”

En ocasiones, puede ablandarse y ser generosa; en su colmena, no es sólo el grupo de trabajadores, sino también la reina. Su tenaz temperamento de mujer mayor hace que sea con frecuencia injusta con sus mejores impulsos e hipócrita respecto a los peores. Es ingeniosa pero no inteligente, y menos aún consigo misma. Por esa razón no puede nunca comprender cómo ha dado nacimiento a un hijo tan desagradecido. Apenas recuerda el cálido rayo de sol o de alguna otra fuente celestial que un día atravesó su corazón y engendró ahí esa extraña inquietud, ese goce holgazán, al que llamamos pensamiento.”

Muy bien hasta aquí, Jorge, amigo. De las anteriores frases pueden ya ser colegidas características descriptivas de la Psique que, no sólo no comparte con el Espíritu, sino que constituyen formidables limitaciones para que la Psique pueda comprenderle y, a su vez, potentes tentaciones con que seducirle. La Psique es, ante todo, el ímpetu ciego de la vida animal; un ímpetu que las pasiones desencadenan, los instintos conducen y la razón asume y justifica o condena. Una razón que «se da la razón» en función de costumbres sancionadas por la experiencia local o doméstica; de prejuicios atávicos adoptados por un sentido común vulgarizado (o mediatizado) y de implacables juicios interesados condicionados por el deseo, la ambición, la voraz necesidad o la procaz supervivencia. Y no se queda ahí; tampoco soporta los errores que su ceguera, su ciego arrastre y su precipitación le acarrean: entonces aparece la ferocidad, la terquedad, la venganza, la crueldad y la destrucción de la cosa, animal o persona que se atrevió a contrariarla en sus objetivos.

La Psique, en sí involuntaria, es radicalmente realista mirando hacia atrás, hacia lo irreversible; ese «retro-realismo» le permite avanzar siendo ciega para el presente, invidente para la promesa y sólo coherente con lo que prejuzga previsible; desconoce la libertad y poco le importa. Su egoísmo no es tal en tanto, como la Naturaleza, no puede ser responsable de unos hechos que vienen marcados a fuego vital en el propio impulso de su flujo material. Lo propio de la Psique no es el acto interpersonal consciente o voluntario (ese siempre es espiritual), sino el hecho bruto invocado por, y atado a, las oscuras causas que lo materializaron; la Psique no es libre.

Continúa Jorge Ruiz de Santayana: “Viendo cuán rápido y observador es el retoño, lo envía a veces a hacer recados; pero éste gandulea terriblemente por el camino, o se pierde por completo, olvida a qué fue enviado y trae a casa sólo extraños cuentos sobre “Narices-largas”(2) y “Yelmos-de-oro”(2), con los que dice que se ha encontrado. Prefiere las amapolas al trigo y la mitad de las setas que recoge son venenosas, insiste a veces en poner comida aparte para seres imaginarios llamados muertos o los dioses; y, lo peor de todo, una vez raptó y se casó con un hada, a la que llamó Verdad, y quería llevarla a vivir con él en casa. Ante lo cual, la buena madre Psique se puso naturalmente firme: «¡Pícaras aquí, no!».”

Magnífico, D. Jorge. En al anterior párrafo la Psique insiste en contrariar al Espíritu y, lo que es más grave, pretende (siempre insistentemente) ponerlo a su servicio. Pero como la pobre Psique no ve y carece de voluntad, no puede afirmar lo cierto haciéndolo verdadero ni, tampoco, amar la verdad conocida ni, a la desconocida, convertirla en anhelo. Lo suyo es el deseo de utilidad, de interés y de juicio que proporcionen victoria a su plástica e incansable adaptabilidad vital.

La Psique sólo conoce la pasión como causa de sus revoluciones egoístas, posesivas y conservadoras. Sin embargo, la moción del Espíritu es consecuencia de sus emociones hacia aquello que está fuera de él mismo; la primera de esas emociones es la emoción de amor a la Verdad, algo inútil e insustancial para la Psique. Querida Psique, el Espíritu del amigo Santayana, sabiéndote cazadora, te ha cazado. El Espíritu ama por completo, para él todo es amable (incluyendo lo, de momento, sólo imaginable); ama a la Verdad y, por eso, está completa y continuamente enamorado de la generosa y voluntaria Libertad, en tanto capaz de realizar lo imprevisible (para amarlo) y lo imaginado (para degustarlo). Las pasiones de la racional Psique son a su recurrente revolución lo que las emociones del inteligente Espíritu son a su consecuente evolución.

(1) SANTAYANA, George. “Soliloquios en Inglaterra y Soliloquios Posteriores”. 49-La Psique. Editorial Trotta, S.A. 2009. (Edición original: 1922).
(2) Narraciones legendarias.

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