Me asombra la forma periodística de acatar la supresión del acento del “sólo” adverbial decretada por los académicos, que actúan como el sargento del cuento que hacía el atestado de un accidente. “Escriba: cabeza en el arcén”. “¿Arcén con hache o sin hache, mi sargento?” Patada del sargento a la cabeza y corrección: “Cabeza en el campo”.

Quien dice una cabeza, dice una tilde. Las tildes son como los pendejos de la lengua, que por mucho que las apartes siempre te comes una, y la de “sólo” se les ha ido a los académicos por “el bidet del ”, como Eugenio d’Ors llamaba al hueco de la mesa de la Academia.

Dispense usted la letra y falta de ortografía; está escrita a las cinco de la mañana, en el restaurante Rat-Mort –escribió la Oterita a Bonafoux, quien decidió admirar de cerca “una bailarina que cree en la imposibilidad de tener ortografía a las cinco de la mañana en el restaurante Rat-Mort”, como les ocurre ahora a los académicos… y a los liberalios del globalismo ortográfico del ex ministro Sebastián.

“Sebastian, aprende a tildar primero tu propio apellido”, le dijo un tuitero. “Aprendí a no tildarlo en EE.UU., donde viví varios años –respondió el Edison de Zp–. Estamos en un mundo globalizado. Ahí no lleva tilde. Gracias por tu consejo local”.

Pero si una piedrecilla en la próstata de Cromwell cambió la historia de Inglaterra, una tilde en un adverbio cambiaría la historia de Madrid, que del hombre y la mujer es, en un sentido wittgensteniano, una construcción gramatical. Ahí está el “muñozgrandes” que se marcó Aguado en Madrid. “Aguado se fue al bar mientras las mujeres se reunían”. (Al enfrentarse a Franco, el “vice” se iba al bar para que lo vieran y demostrar que no iba al consejo porque no quería.) A efectos de consenso, miren la diferencia entre “Aguado habla solo con Isabel” (vamos, que no se lleva con él a Macron) y “Aguado habla sólo con Isabel” (vamos, que se niega a ver a Rocío, la Ana Bolena de Saint-Tropez, según la prensa). Una tilde.

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