El árbol podrido

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Árboles muertos de Strath (foto: Allshots imaging) El árbol podrido El escándalo de Maciel ha sido la piedra arrojada en un lago oscuro y tenebroso. Las ondas que levante están por venir y chocarán con fuerza contra la moral de hipocresía de quiénes arrojaron un manto sobre las iniquidades de quién jamás debió fundar nada. Toda su obra se yergue hoy sobre cimientos carcomidos. Extraña fascinación, servidumbre la llamamos, la que ante el grotesco espectáculo de ver la vida mentirosa e indigna de hombres de religión, deja con la boca abierta y mirando hacia otro sitio a sus hijos espirituales. Triste hábito: hombres puestos como ejemplo de vida de los demás, levantados a hombros por sus acólitos para asegurar seguramente que la caída sea más estruendosa. Cuánto más alto, más perjuicio a la obra creada.   Pero los seguidores de tal padre miran desconcertados. Doble vida, hijos inocentes de la carne nacidos en la ignominia, menores abusados, mentira sobre mentira. Tapado sobre tapado. Cómplices de engaños a personas que dieron sus mejores años, troncos podridos, malvas malolientes. Miran hacia otro lado, con la mirada perdida, por esa extraña fascinación que produce descubrir que el propio ideal fue plantado por manos carcomidas. La fascinación de que un árbol seco dé frutos. Incomprensible cuando se trata de ver con ojos de respeto a la verdad y la lealtad. A quien ha fallado en lo que predicaba, a quien miró atrás cansado de gritar a los demás que no lo hicieran, más le valdría no haber nacido.   Las olas de pestilencia de este episodio, que duró toda la vida del mejicano fundador de los ingenuos Legionarios de Cristo, deberían hacer reaccionar a los que queden dentro con dignidad y entregar la barca a Roma para que sea quemada como sacrificio de expiación. El dolor causado en tantas almas nobles es tal que sólo puede ser compensado con el fuego purificador. De aquí o del infierno. Los frutos indeseados de la hipocresía, las mentiras, el desprecio burlón, el manoseo de conciencias, el silencio frente a la necesidad de verdad, la doble moral, aunque sea reducto de la vida privada de cada quién, deben ser denunciados y mirados con piedad.

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