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Oscuro

El fundador de LA RAZÓN cree que la culpa de Suárez, «in eligendo», no viene del café para todos, sino de la carencia de sentido de Estado del primer Lendakari, en contraste con el del primer Honorable, como si fuera modélica la Autonomía catalana. Sin desconocer la importancia del elemento subjetivo, la práctica y la teoría institucional demuestran que el fracaso personal está motivado por reglas de juego que permiten actuar sin control. Lo contrario sí puede suceder. El talento de Estado de Bismarck y De Gaulle era muy superior al de las instituciones que encarnaron. Mientras las presidieron no se hicieron patentes sus defectos. Pero lo normal es que los malos políticos sean seleccionados, elegidos y confirmados por malas reglas constitucionales. El error de Suárez no florece sólo en el País Vasco, ni ETA ha sido una respuesta a la “Constitución”.

La idea de conceder Autonomías generales, en lugar de Estatutos particulares, está fundada en el sentimiento franquista de la igualdad territorial, contra la expresión política de sus diferencias, y en una tesis filosófica sobre la invertebración de España, que pone su causa en el particularismo general de los españoles, y no en la particularidad especial de Cataluña y País Vasco. Las Autonomías han sido producto exclusivo de la demagogia igualitaria, que la ignorancia tomó por democracia, y del frívolo análisis de Ortega, que la ausencia de debate aún hace pasar por serio y riguroso. El talento político exigía restaurar, con la primera libertad, los dos Estatutos que fueron de derogados por las armas. Dejando la cuestión gallega y las insularidades para el momento de la libertad constituyente. Suárez, buscó el aplauso de los que confundían democracia y unidad de España con la igualdad política territorial. Ignoró por incultura dos cosas elementales: Cataluña y País Vasco pugnarían por diferenciarse del resto fuera cual fuera el nivel de sus competencias autonómicas; y el rechazo de la diferencia se haría tan grotesco con las Autonomías, que se llegaría a preferir un Estado federal, o la Independencia de lo diferente, antes que romper el principio de igualdad territorial.

Estos últimos son los actuales «liberalísimos», que lo mismo se disponen a otorgar el derecho de federarse a lo que no está previamente separado, sin importarles el anacoluto político que esta barbaridad representa, como el derecho de Independencia a lo que sólo puede ser, en la mejor de las hipótesis, una mayoría coyuntural de separatistas. Una mayoría que nunca representa la totalidad de la población, ni conoce el sentir de las futuras generaciones, ni está invadida por un Estado extranjero, ni tiene un nivel económico o cultural superior al resto de España, ni goza de un régimen de poder menos oligárquico que los demás, ni cuenta con un proyecto de Estado independiente con democracia en la forma de gobierno, ni profesa una religión diferente, ni está reprimida su lengua autóctona, ni es un territorio colonial, ni tiene frontera con un Estado externo que desee su independencia. Y sobre todo, se trata de pueblos que la historia determinó en la unidad nacional de España antes de que la humanidad creara el derecho a la libre determinación de los pueblos.

Suárez es culpable de que haya nacido y crecido esta opinión «liberalísima». El terrorismo no habría generado la creencia en derechos de autodeterminación, si las Autonomías no mostraran lo fácil que es, y la oportunidad de negocios y empleo estatal que brinda, diezmar el Estado de Partidos por consenso de oligarcas. La Independencia aparece así como una expectativa de negocio con fanfarria para el sentimiento nacionalista. Nadie civilizado debe oponerse a cosa tan santa como el derecho a crear plataformas de poder, honores y dinero. ¿Sobre todo si es defensor de las clases dominadas!

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