Tras la la expresión “voluntad popular” consagró la mentira de que mandábamos todos. Consiguió con ello que dejáramos de desconfiar del poder y que los que mandan, siempre unos pocos, lo hicieran con mayor impunidad. Como dijo , “La proclamación de la soberanía del pueblo no tuvo otro efecto que sustituir a un rey vivo por una reina ficticia: la , por naturaleza siempre menor de edad y siempre incapaz de gobernar por ella misma”. La sana costumbre de sospechar de los poderosos desapareció. Dejaron de ser presuntos culpables y pasaron a convertirse en santos. Es irónico, pero a todas luces previsible, que el adalid de los nuevos tiempos acabase siendo Napoleón. Se comenzó cortando la cabeza a un rey y se terminó coronando a un emperador.

Llegamos así al siglo XX. La Alemania de Weimar se hizo social y en virtud de su recién adquirido atributo, quedaba implícito el derecho de intervenir en cualquier aspecto de la sociedad. Empezó dando pan a los pobres y beneficiando a los buenos. ¡Cómo oponerse a ello! Pero era cuestión de tiempo que el Estado se arrogarse el derecho de decidir quienes eran los ricos y quienes los malos. Poco después Hitler llegó al poder e hizo su propia taxonomía. A estas alturas del siglo XXI la tendenciosa clasificación continúa. Basta con poner la televisión o escuchar la radio para constatarlo: los agricultores extremeños son ricos: «derecha, terrateniente y carca». Los manifestantes secesionistas catalanes, buenos. Las mujeres y los homosexuales más que buenos: seres de luz.

“La imaginación al Poder. Seamos realistas, pidamos lo imposible”, proclamaban jóvenes en . La se puso de moda. Se ignoró deliberadamente que la utopía bolchevique, que pretendía traernos el cielo, fue la excusa perfecta para fabricar el infierno. Y se constató con ello que los aguerridos manifestantes tenían imaginación, pero carecían de memoria. Quizá también de juicio. Gobernantes posteriores tomaron buena nota. Hoy todos aman la utopía.

Cierto que ya no tenemos aristocracia, pero tenemos estatocracia. No tenemos gobernante absoluto y soberano, pero tenemos gobernantes que, en nombre de la voluntad general y los nuevos derechos, actúan cada vez más como absolutos soberanos. El Estado, que al fin ha llevado la imaginación al poder, es ahora la bondadosa voluntad que nos llevará al Paraíso.

Lo seguiremos llamando libertad, pero ya será otra cosa.

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