El sentimiento de lo absurdo brota del choque de ciertos hechos y acciones con una realidad insuperable. El de Hitchcock, ya desde sus primeras películas inglesas, presenta situaciones extrañísimas, con porosas fronteras entre el Bien y el Mal: criminales vulnerables que provocan nuestra compasión, héroes que repelen, amenazas que provienen de los que quieren protegernos, una justicia radicalmente injusta, desdoblamientos de personalidad; y el “wrong man” o el “falso culpable”, perseguidos por la policía que los confunde con asesinos o ladrones: el equívoco por antonomasia en su filmografía. Esta desorientación de unos seres indefensos ante un mundo opaco y laberíntico nos traslada al territorio de las pesadillas kafkianas, con la viva representación del paso cotidiano de la esperanza y la lucidez a la angustia y la ceguera. En The trouble with Harry hallamos la coherencia humorística de lo absurdo, que Kafka expresó con el chiste del loco que pescaba en una bañera, al que un psiquiatra de mente abierta preguntó si picaban, obteniendo una respuesta impecable: “Claro que no, imbécil, esto es una bañera”. No sólo Kafka sino otros grandes novelistas de la Europa Central, cuya invención formal es de una modernidad apabullante (Musil, Broch) fueron, sin embargo, extremadamente críticos con las ilusiones y regresiones de la modernización de nuestra época. Al igual que esos creadores, Alfred Hitchcock quiso “rasgar la cortina” de los estereotipos, acuñaciones y certezas que nos envuelven, introduciendo paradojas, ambigüedades e interrogantes en nuestra habitual interpretación de las cosas. Más que asestarnos verdades deseaba atraparnos en una red de dudas.

El rostro seductor de Cary Grant proyectó, de forma inigualable, la sombra de la sospecha, llevando una bandeja con un vaso de leche de una blancura inquietante; mientras en Notorious (Encadenados) exhibió la máscara de un cínico que, con la sordidez del más alto sentido del deber, es capaz de arrojar a la mujer que ama a los peligrosos brazos de otro hombre. En cambio, el semblante atormentado de Montgomery Clift era ideal para expresar el dilema del sacerdote en Yo confieso. Por cierto, los órganos represivos del régimen soviético comprendieron pronto la utilidad que podía reportarles conocer el contenido de las confesiones; así, fueron arrestados muchos curas que se negaban a desvelar el secreto de confesión o a ser confidentes del Comisariado (NKVD).

A lo largo de una fascinante trayectoria, el director mantuvo su desconfianza hacia el poder establecido, el y el peso de lo simbólico, que borran los rasgos de la sociedad instituyente y reducen la sociedad instituida a una colección de reglas muertas a las que el sujeto debe someterse para ser “estructurado”, hundiéndose en la pasividad y en la impotencia.

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