La hija de Ryan

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No quería pertenecer a la realidad material que la rodeaba; era fantasiosa. No quería pertenecer al lugar cultural en el cual nació; era egoísta. No quería pertenecer al vínculo sentimental con su entorno; era vanidosa. No quería pertenecer a los compromisos que había adquirido; era caprichosa. Pero también era joven, hermosa y elegantemente altiva. Era atractiva como una perla en el fango de aquella aldea vulgar en cada uno de sus habitantes. La hija de Ryan era una romántica. Asqueada de su propio ambiente, aterrada ante el futuro de hogar y grasa que le aguardaba, se encaprichó del maestro de escuela, buen y templado viudo cuyo rústico refinamiento encarnaba para ella la huida hacia la excelencia. Pero, tras el matrimonio, la convivencia con aquel hombre sencillo y bastante mayor devolvió el ensimismamiento a los días de la muchacha. Fue entonces cuestión de tiempo que el fortuito vuelo de un parasol arrojara la melancolía de la chica en los brazos de la soledad psicótica del nuevo oficial al mando del cuartel inglés. Tiempo después sólo dos personas defenderían a la joven adúltera tras ser esta acusada de traición a la patria, y medio linchada, por hechos de los que en realidad era responsable su propio padre. Esas personas fueron el marido, ya entonces conocedor de la infidelidad de su esposa y decidido a abandonarla, y el cura.   El cura. Auctoritas en estado puro. Instalado en el lugar moral más lejano a la vanidad: la entrega. Incluso la bondad del maestro se dejaba llevar de vez en cuando por la contemplación, que no es sino la forma gentil de vanidad. Pero el cura no, el cura era brutalmente servicial. También los vanidosos pretenden serlo, pero en realidad sólo consienten en ser servidos porque la única causa que profesan se reduce a ellos mismos. En su contra el sacerdote encarnaba la autoridad natural de la sociedad antes de que el Estado redujese aquella a comparsa del poder. Era el referente moral que reconocen los individuos ligados en comunidad a Dios, pero cabe adivinar que tarde o temprano se convertiría en un tótem obsoleto dentro de la sociedad cuyos componentes están inmediata e individualmente ligados al Estado, obreros de la libertad otorgada. El cura, ese hombre capaz de abofetear tanto al cacique del lugar como a la misma protagonista… paternal con el tonto, azote de las mezquindades pueblerinas, colaborador de los guerrilleros. El cura que, en la secuencia final, presto el coche de línea a sacar del villorrio al desdichado matrimonio, dice algo así al maestro: He traído un regalo de despedida. Supongo que se le habrá pasado por la mente dejar a su esposa y puede que esa sea la decisión acertada, pero lo dudo. Y he aquí mi regalo. Esa duda. Tras la ventanilla trasera,  el rostro del docente vierte toda su alma al compás del vaivén del carromato que se aleja por entre las lomas peladas de Kerry.   El cura y el maestro, aquel viento, este silencio, firmes ante la brutalidad y la guerra, ante el dolor y la traición, sobrellevando con idealismo y fe sus soledades, ponen un nudo de alegría en la garganta. Y es que existe un filo que atraviesa de un solo tajo el mundo privado y el público, enlazándolos: la línea que va del sentimiento de dolor (amargura, tristeza, rabia, humillación, soledad, resignación) al de alegría. El extremo del dolor es estéril en lo que a comunicación se refiere, hay que traducirlo a indignación y esta a esperanza para que tenga alguna voz, casi siempre superficial y destinada a justificar a su portador. Pero el extremo opuesto, la alegría… la alegría es contagiosamente locuaz y en lo público trasciende la comunicación porque produce armonía entre los hombres. No es sólo la pulsión común que empuja a cada ser humano hacia la moral, sino que es música política. El primer pecado contra la libertad es perder la alegría de vivir.   Sería una frivolidad decir que el Romanticismo es dolor, aunque resulte tan coherente su luctuosa asociación con el suicidio. Pero sería menos aventurado decir que el romanticismo político es silencio. Desde el punto de vista político el Renacimiento fue estrangulado por la Reforma y esta por el Absolutismo. La corriente liberal que ha dominado a lo largo de los siglos posteriores es producto involuntario de esta línea de derrota de la libertad y el Romanticismo se hizo expresión cultural de ese pensamiento cuando la sociedad fue susceptible de ser homogeneizada desde arriba y los sentimientos e ideas hegemónicas resultantes fueron reconocibles por las masas bajo epígrafes histórico-culturales. A partir de entonces, del mencionado auge del Romanticismo, cada uno de los individuos uniformados de las poblaciones estatalizadas podría ser único; único en sus sueños privados. Con la exaltación del egoísmo de la libertad -la libertad individual- llegó la búsqueda compulsiva de hazañas intelectuales, artísticas, amatorias, bélicas y deportivas que dieran al nuevo ego atómico el reflejo colosal que requería.   Sin estupidez o delirio de por medio, en política nunca cupo el romanticismo. Ahora como a lo largo del tiempo no pertenecer a la propia realidad material es ser dócil. No pertenecer al lugar cultural en el que se nació significa pretender ser anacional o ser nacionalista. No pertenecer al compromiso adquirido es ser felón. No pertenecer al vínculo natural con lo público, ser desleal. La necesidad de, sin libertad, buscar en lo mediático algún mérito exclusivo es condenarse a la servidumbre fetichista. Y todo esto dibuja el retrato de los votodependientes, o votómanos, que no electores, de la partidocracia. Su papeleta es el medio entre el egoísmo de cada día y el deseo de una pertenencia tan efímera como ilusa al Estado.   Sería injusto decir que quienes votan en la partidocracia son los hijos de Ryan de la gran aldea celtíbera. Pero ahí están: votan y recorren la playa imaginando que emprenden largos viajes o que muy pronto llegará su oportunidad. Su autismo político casi despierta envidia. Sonríen. Sonríen y no necesitan de semejante alguno, se bastan a sí mismos para, románticamente, obedecer.

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