Claro

Oscuro

El paquete ministerial se adorna de progreso y modernidad ante una sociedad a la que ese mismo gobierno ha conducido a un estado de regreso. El envoltorio atrae a sectores instruidos que no deberían tener motivos para dejarse engañar. Porque progreso y modernidad no son conceptos hermanos. Y cuando se cruzan, no se pueden ni ver. Sólo en raras ocasiones, si la moda de la razón prevalece sobre el modo del sentimiento, caminan en la misma dirección. Una sociedad progresiva no da lugar a preocupaciones decadentes de modernidad. La idea de progreso, derivada de la creencia en la evolución, brota de un ingenuo optimismo de la inteligencia. La de modernidad, vinculada a la de transición, se nutre de un malicioso pesimismo de la voluntad. El progreso, como proyecto, supone una confianza de civilización, una afirmación del presente en nombre del futuro. La modernidad, como programa, es una desconfianza de cultura, una crítica del pasado inmediato en nombre del pasado lejano. El progreso enlaza con la ética del trabajo. La modernidad, con la estética del producto y del derroche. El vicio de aquél es la hipocresía. El de ésta, el cinismo.

Los héroes del progreso, acumuladores de saberes o riquezas, son investigadores y empresarios. Los de la modernidad, productores de escándalos o guerras, son artistas y políticos. El problema de la modernidad es dramático. Para triunfar debe fracasar como novedad y convertirse en rutina. Si es auténtica, su triunfo no llega hasta que se encierra en los museos del Arte y de la Historia. Pero la novedad gubernamental tiene garantizado su éxito inmediato. Nace ya marcada con el estigma de la rutina, con la inercia del consenso a retrotraer el estado de la economía a los ciclos de su período clásico. Tendremos suerte si el viaje de la modernidad termina ahí. Porque «modernus» y «consensus» fueron inventados por el cristianismo oficial de la Edad Media, frente al «disensus» de la antigüedad clásica. Y desde entonces, la querella de los antiguos o modernos, del espíritu de conquista o de comercio, del arte por el arte o por otra cosa, ha marcado las transiciones a la modernidad con el signo de la reacción.

No es un azar que el Renacimiento inicial y la Revolución postergada sitúen su ideal en la Roma clásica, o que la Restauración ponga el suyo en la Edad Media. Tampoco lo es que Marx y Baudelaire inauguren, al mismo tiempo, las penúltimas modernidades, con una crítica a la ética y la estética de la Ilustración, en nombre de un romántico ideal de economía y arte prehistóricos. ¿Hace falta recordar la modernidad futurista del fascismo? ¿Y no ha sido el postmodernismo la expresión cultural del tacherismo-reganismo? Guerras nacionalistas, sida, droga, sectas, racismo, quiebras y paro están liquidando las costumbres cínicas de la posmodernidad. Pero esta decadente y reaccionaria manifestación de la cultura sigue viva en la ideología del consenso de los que no creen en la democracia, ni en la virtualidad de la razón para orientar los sentimientos colectivos. La única modernidad que podría escapar a su trágico destino es la de la Ciencia y la del Estado. Pero la ausencia de la razón en la vida española de la transición ha dejado la investigación y la administración bajo el gobierno de los sentimientos de poder y de prestigio personales.

No hay racionalidad de los medios ni sentimiento de las finalidades sociales del Estado. La razón y el sentimiento de lo público se han situado en el reparto de los medios en función del equilibrio de las, esferas particulares de poder. ¿Es ésta la modernidad que promete el taumatúrgico pacto social? Eso tiene de moderno lo que la humanidad de antiguo. La forma mixta de gobierno (oligarquía con apoyos democráticos) fue el ideal de los griegos al acabar la hegemonía de la democracia ateniense. ¿Acaso consiste en la intervención de España, como acólito, en el desconcierto mundial postcomunista? Queda, por fin, la modernidad de las comunicaciones entre lo que separa la tradición. Por un lado, trenes, carreteras, teléfonos y todo lo demás. Por otro, consejos de Estado y de administración del capital financiero con la «cabeza de obra» socialista. Esa es nuestra modernidad, la de Primo de Rivera, Calvo Sotelo y Largo Caballero. La transición tenía que ir -más allá de Franco y la República- hasta el final de la Restauración, para legitimarse.

EL MUNDO 26/07/1993


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