La legalización del , el retorno de la Generalitat catalana y la amnistía, ésta con tristes limitaciones, han sido los únicos islotes de seguridad democrática que emergen del océano de incertidumbre reformista que anega a la Restauración.

Pero, ahora, al socaire del pacto político de la Moncloa, se presenta a los partidos parlamentarios una oportunidad de oro para echar en tierra firme los verdaderos cimientos de la futura sociedad democrática. Esta oportunidad, de la que han carecido otros países de tradición liberal, está contenida en uno de los puntos programáticos del pacto de la Moncloa. El de mayor importancia y trascendencia. Que no es la reforma de la ley de asociaciones, ni la del derecho de reunión, como tampoco la nueva ordenación de la legislación represiva, sino la conversión de la en un organismo autónomo verdaderamente democrático.

Es innecesario subrayar que la potencia y la adecuación de los grandes diarios, de la Radio, del Cine y, sobre todo, de la Televisión para conformar y unificar la opinión, alrededor de la ideología dominante, han invertido el proceso dialéctico de formación de la .

Ningún partido político, salvo los pequeños grupos que confían ingenuamente en la lucha armada, se atreve hoy a nadar contra la corriente de la opinión mayoritaria que fabrican, día a día, los llamados medios institucionales de comunicación social. Los partidos siguen a la opinión, en lugar de formarla. De esta suerte, ningún partido de masas se propone, de verdad, transformar a la sociedad. La mayor preocupación de los partidos de izquierda no es la de evitar, como antes, la tentación izquierdista, sino la de escapar a todo precio de la soledad, de la incomprensión o del silencio a que los pueden condenar los medios institucionales de comunicación si no se someten a las reglas del conformismo social de la sociedad de consumo. La a través de la prensa de partido, y la agitación entre las masas, que fueron los medios tradicionales de difusión de la ideología del partido, no pueden hoy romper la muralla de los medios institucionales de comunicación con los que las oligarquías establecidas protegen a una opinión «cloroformada» contra todo riesgo de contaminación de un pensamiento libre y crítico.

Esta función anestesiadora de la opinión la cumple, en un grado jamás alcanzado por ningún otro medio, la televisión. Se puede decir, con más fundamento del que tuvo respecto a la , que la televisión es el moderno opio del .

La posibilidad que se abre a los partidos parlamentarios de convertir este arma mortífera en una institución cultural, fecundadora del espíritu libre y crítico que necesita una sociedad democrática, es una oportunidad de carácter histórico, que no puede ser desaprovechada por mezquinos cálculos «estabilizadores», ni por injustificables ignorancias. Pero hay que ser muy conscientes de que el espíritu reformista y la filosofía «pactista» que domina el ambiente político de la restauración no son el caldo de cultivo más propicio para esperar de él brote una televisión democrática.

Para no marrar esta oportunidad hay que empezar por destruir la opinión dominante en la materia. Se piensa, casi generalmente, que para transformar en democrática a la televisión basta con dos reformas: dotarla de un estatuto de autonomía y confiar el control de su gestión empresarial a un consejo plural que refleje proporcionalmente el pluralismo del parlamento. Sin negar el carácter progresista de estas medidas, hemos de tener el rigor intelectual y el valor moral de afirmar que con ellas solas no tendremos una televisión democrática.

Es muy importante que una dirección plural del organismo autónomo garantice la imparcialidad en la información política y en la distribución de los espacios a los distintos partidos parlamentarios. El control democrático de la Televisión, al evitar la manipulación o la mutilación de la noticia, acabaría con la piratería actual y daría un carácter honorable a su gestión, pero en modo alguno convertiría en democrática a la elaboración de sus programas, y, sobre todo, a su relación con el telespectador. Si no se transforman los objetivos, la función y el contenido de los programas para dotar el espectador de la posibilidad de invertir su papel de receptor pasivo en dialogante activo, la Televisión continuará siendo la palabra sin respuesta y el opio del pueblo, por muy democrático que sea el control que establezcan en ella los partidos parlamentarios.

Tres son las finalidades de una televisión democrática: informar, educar y divertir. Ninguna de las tres puede desarrollarse sin involucrar a las otras dos. Cuando se informa, quiérase o no, también se educa y se divierte. Toda educación es además informativa y placentera. Los espectáculos televisados «distraen» el cotidiano pero «traen» a la interioridad doméstica una cultura necesariamente formativa del carácter y de la opinión popular. Por ello, no se introduce el pluralismo ideológico, ni la en la televisión multiplican do las cadenas, ni privatizando, como en la Prensa, su estructura empresarial. La televisión es un universo que no se puede descomponer en parcelas temáticas, para llevar la democracia a la parcela informativa. La Televisión es una institución cultural, y como tal hay que tratarla, al servicio de la formación cívica y democrática del Pueblo.

Los partidos modernos no abarcan un universo cultural porque han dejado de representar a una concepción global del mundo. En consecuencia, el control democrático de la Televisión no se asegura con la exclusiva participación en su gestión de los partidos políticos. Hay que incorporar, además, a las asociaciones de la enseñanza, de la cultura, de las profesiones, del arte, y, especialmente, a los profesionales del periodismo que trabajan en ella.

Finalmente, para evitar la frustración de los individuos y de los grupos que no disponen de medios de expresión autónoma, para que el derecho de réplica pueda ser inmediato, para que las informaciones sean contrastadas, y para pasar de la pasividad esterilizante del espectador a la actividad creativa del actor, hay que dotar al sistema televisivo de posibilidades técnicas, hoy existentes, que permitan el acceso a la televisión de los grupos y colectividades que protagonizan generalmente los hechos noticiables y las creaciones culturales.

Publicado originalmente en Reporter, el 10 de noviembre de 1977

Puede ver un pequeño resumen de la biografía de D. Antonio García-Trevijano en este enlace.
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