Adolfo Suárez, en los altares por la casta política

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ARTURO HUESCA

Ayer murió Adolfo Suárez, primer Presidente del Consejo de Ministros elegido por los españoles tras la muerte de Franco. Antes de que Suárez sea elevado a categoría de mito fundacional de esta oligarquía de partidos estatales en la que vivimos, me gustaría aclararme las ideas poniendo por escrito algunas reflexiones surgidas de varias efemérides, entre ellas la muerte de Suárez.

Hace un par de meses que algunos españoles de avanzada edad cruzaron el rubicón de vivir más tiempo en el régimen de la Transición que en el del General Franco. Hay otros que, si bien no vivieron íntegramente los dos periodos, aún mantienen plenas facultades de cotejo político de ambas etapas. La mayoría de jóvenes españoles sólo conocen el régimen político que nace con la convocatoria de las elecciones generales de 1977. Dentro de este grupo, los miembros de la bautizada generación X (hasta 1980), entre los que me incluyo, cobramos conciencia política ya inmersos en los gobiernos de Felipe González, y tras vivir la mayor crisis financiera de la España contemporánea, algunos nos cuestionamos si todo lo que nos cuentan los medios de comunicación, la clase política, los sindicatos estatales y la patronal, es ajustado a la verdad y si es el único modelo posible para que España progrese en paz y libertad. A los jóvenes españoles de la generación del Milenio lógicamente les parecerá pre-historia remontarse a los 70 y 80, y por su juventud y la pertinaz manipulación, necesitarán hacer un esfuerzo de investigación adicional para poder interpretar verazmente la situación de su país. Un país, España, en quiebra moral, política y económica.

Va a ser difícil que la gente entienda que no nos dejan ser como podríamos ser: una democracia real, quizás una moderna República, tan competitiva como Estados Unidos, con una representación política y una separación de poderes real. Un país donde ser feliz y que las personas pudieran disfrutar de una educación y de una igualdad de oportunidades que les permitiera autorrealizarse profesionalmente. Una España donde todos los españoles tuvieran los mismos derechos y obligaciones y donde pudiéramos mirar al futuro con la confianza de saber que todos colaboramos en un futuro sostenible.

De esta crisis en versión española, lamentablemente, el sistema de poder que la ha originado y catalizado, va a salir reforzado. Al contrario que en los EEUU, donde los símbolos de la corrupción, como Bernard Madoff, fueron condenados a severas penas de prisión y bancos quebrados fueron totalmente liquidados. Lejos de aplicar las leyes del código penal y de aplicar las normas básicas del capitalismo, en España se sigue incentivando la corrupción como factor de gobierno.

Por favor, queremos soluciones al presente y no símbolos del pasado. Suban a Adolfo Suárez a los altares, pero sepan ustedes que lo miraremos como el ambicioso oportunista que aduló a sus superiores, persuadió a sus subordinados, traicionó a Franco, fue instrumentalizado por el Rey y que fue canibalizado por los suyos. En mi opinión, y junto con Leopoldo Calvo Sotelo, en su haber cuenta con un expediente limpio en cuanto a corrupción, cosa que le honra. El trágico destino de varios miembros de su familia y una cruel enfermedad mental contribuyó a que suscitara lástima en el pueblo y a que, oportunamente, dejara de ser una amenaza para sus enemigos políticos. La resultante fue que, de nuevo, Adolfo Suárez se convirtió en instrumento, esta vez para que la casta política de la Transición tuviera un relato mítico de lo bien que se han hecho las cosas. El periodo de máxima prosperidad en la historia de España (Juan Carlos I dixit). Amén.

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