Negacionistas

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No es tanto la idea de la nomenklatura, en cuanto a las listas nominales de las élites en los ya extintos regímenes soviéticos, como el nominalismo característico de la dominación, a través del uso del lenguaje, lo que inspira esta reflexión. No es tampoco el nominalismo particularista en su concepción filosófica de oposición al universalismo, sino, más bien, en su forma propagandística de estatuir las sensaciones mediante los nombres, como si fuesen éstos los productores de la propia realidad, decretándola. Y si el determinismo poético de Plauto, comulgando con las ruedas de molino que empujaba, afirmaba que el nombre hace al hombre, la voluntad de poder hoy, en su forma más exacerbada y carente de frenos morales, pretende que ella hace a la propia realidad y por ende, al individuo además de a la persona. Es el Estado moderno y avanzado en su progreso, a través de la forma política de una monarquía de los Partidos, quien pretende reclamar para sí el principio de la individuación biológica, para arrebatárselo a la propia Naturaleza. Y esto incluso Jacques Maritain, siguiendo la estela de Henri Bergson, cuando postulaba su doctrina tomista del bien común para tratar de concedérselo de algún modo al Estado, ya lo intuía en 1947 en su respuesta a la fascista de Benito Mussolini:

“Formo parte del Estado en razón de ciertas relaciones con cosas de la vida común que afectan a todo mi ser, pero en razón de otras relaciones (que también afectan a todo mi ser), con cosas más importantes que la vida en común hay en mí bienes y valores que no existen por el Estado ni para el Estado y que están fuera del Estado.”

Jacques Maritain – ‘La Persona y el Bien Común’, págs. 64 y 65

No es sino la propaganda de los Medios de masas y para las masas lo que hace hoy que, para evitar reconocer la forja de una oposición política y de una disidencia frente a la forma de Poder establecida en España hace más de cuatro décadas, se conciba como necesaria la eufemia denominativa del “negacionismo” para resolver la intranquilidad social. Puesto que se requiere, en aras de una apariencia democrática, de la existencia de unas facciones del propio Estado que escenifiquen teatralmente una polémica, resulta inadmisible para el establecimiento reconocer la existencia de formaciones civiles de oposición que escapen al control subrogativo de la integración de masas.

Considero que esta doctrina reaccionaria del Estado de partidos oculta el ánimo conservador de quienes se benefician de él, el miedo a una ruptura democrática a través de la libertad constituyente.

El atento análisis de este nuevo término aparecido en medio del fragor sanitario muñido por la Prensa y no por hombres de ciencia, aparentemente alejado de su tradicional uso anterior en el ámbito político, es lo que puede llevar al mejor entendimiento de la causa que lo provoca. Y si se ha popularizado mediante la opinión publicada el uso de la palabra “negacionista”, que provoca verdadero pavor en las personas mas sometidas por el consenso del régimen, es con el fin eufemístico de evitar hablar de abstencionarios y de oposición política. Algo que, por otra parte, permite distinguir muy claramente a quienes preocupados por este concepto pecaminoso esconden unos ánimos reformistas, frente a posiciones revolucionarias de la libertad y por lo tanto rupturistas. Dejar un pie dentro del consenso político para no parecer “negacionista”, es llevar un bozal para resultar constitucionalista.

Existen toda una serie de aspectos en la superficie, que la mayoría analiza en los términos comerciales y económicos que producen, pero que tienen su causa anterior en cuestiones de naturaleza política. Resultaba insuficiente la calificación de “extrema derecha” por no permitir solucionar las características sociológicas de una oposición popular diversa, y por lo tanto para fabricar una suerte de ideología de apariencia científica que haga legítimo al Gobierno, se ha llegado a concebir la palabra “negacionista” para englobar a cualquier disidencia, como si no fuese precisamente, la disidencia y la ruptura de paradigmas lo que ha engrandecido a la Ciencia.

“La pasividad social ante los hechos injustos del poder traba toda iniciativa de acción defensiva, y no produce la conservación de uno mismo que la tranquilidad del alma procura en todos los tiempos en que la inquietud se une a la impotencia. Porque la quietud no está dictada, entonces, por el miedo a la inseguridad personal, ni por un sana inteligencia de la situación, sino por una fe irracional en las clarividencias de los ejecutivos del sistema político, al que se confían las conciencias con un voto ritual, como al poder de Dios con los ritos de la beatería.

La represión de cuerpos y almas que siguió a la Guerra Civil mudó, automática y sistemáticamente, el afán personal de tranquilidad, pasión conservadora propia de la vejez, por la sedante droga colectiva del quietismo político. Un tipo de pasión reaccionaria y pesimista que impide la visión de toda posibilidad de liberarse del temor por medio del conocimiento de las causas de servidumbre y la voluntad común de superarlas. El consenso de la Transición expresa admirablemente esa forma degenerada de la tranquilidad irresponsable.”

Antonio García-Trevijano – ‘Pasiones de servidumbre’

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