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MANUEL VEGA

“España, lo que pudo haber sido y no fue”: es un modo de definir a la España de hoy; la España del tiempo perdido y la España perdida en el tiempo; la de un pasado glorioso y un presente ominoso. Una nación en la que, de resucitar los antiguos españoles, los anteriores a los Borbones, volverían a la tumba por voluntad propia al ver a que se volvió lo que en otro tiempo fue un gran imperio.

No hace falta recordar la desastrosa gestión de los últimos Austrias que ya avanzaban, a modo de premonición, por donde vendrían los acontecimientos, que no eran otros que la desintegración de todo vestigio de aquella efímera pero inmensa España con la que algunos artistas e historiadores aun se recrean. Pero la corrupción triunfó. Entre Borbones y socialdemócratas lograron, como los jíbaros, hacer de un hermoso busto una cabeza reducida, acartonada y grotesca de la que muchos huyen, mientras en otros produce burla o pena.

Transcurrieron los siglos y con ellos se fueron también los últimos restos de esa España heroica, ambiciosa, audaz e incluso temeraria. Solo la historia y el arte (a través de la pintura, las letras o la arquitectura) nos dan testimonio de lo que fue aquel espíritu orgulloso y sabedor de su lugar en el mundo.

Estamos en pleno siglo XXI y lo más triste y caro de una desgracia es no aprender de su origen y causa. Sin análisis no hay conclusión y sin conclusión no hay fin; con lo cual, la desgracia persiste al continuar las causas que la originan. Esa es nuestra realidad, nuestro grillete, que pese a estar corroído, no terminamos de romper.

La realidad sobre una dinastía cuyo legado ha sido y es la aniquilación de todo cuanto hay a su alrededor. El sostenimiento de la corona a cualquier precio, incluida la traición, no ya a la nación, sino a la propia dinastía, a sus propios padres e hijos. Esto, la traición, es el legado de la casa Borbón: el triste saldo de una gestión en la que la ruina es el denominador común y de la que hace a este país parecerse a un hielo que no deja de derretirse y menguar. Así es hoy esto llamado España, que pudiendo ser un vergel se ha quedado en una mezcla de ciénaga y secarral.

No podemos permitir esta decadencia y menos con las posibilidades que hay: acceso directo al océano Atlántico, al mar Mediterráneo, al continente africano, cuyo potencial como cliente de España en muy diversos productos podría ser extraordinaria para la industria, y dada la proximidad, no tendría competencia en el coste y rapidez del transporte marítimo con respecto a países como Alemania o el Reino Unido. Lo mismo sucede con América Latina, con la cual la capacidad negociadora tampoco tendría rival, pues España continúa siendo “la Madre Patria” en Iberoamérica y el único país de Europa cuya lengua es común.

La prosperidad de España, su prestigio internacional, y su imagen ante el mundo hubiera sido muy otra de haber triunfado la libertad política; de haberse conquistado la Democracia, como la Junta democrática intentó con Trevijano al frente.

Una España que podía estar en la cima del mundo y entre las diez naciones más prósperas de la tierra. Un país en el que la libertad política y la dignidad sí serían la mal llamada Marca España. Muy diferente de esta caricatura en la que vivimos, donde la única marca que tenemos es la propia de una res marcada al hierro de la oligarquía, una res en manos de cuatreros tanto dentro como fuera.

El MCRC representa hoy a la conciencia que comienza a despertar en esta España incapaz de soltarse aún del lazo.

Esta nación, pese a todo, tiene la oportunidad histórica de ser, nuevamente, la pionera en la conquista de algo más importante aun que un continente. Tiene ante sí la ocasión de convertirse en la primera democracia del “Viejo Mundo”, y con ello dar la bienvenida a uno nuevo lleno de oportunidades para todos.

La República Constitucional es la respuesta, la garantía para que el potencial de España se materialice en esplendor, prosperidad, libertad y confianza en un futuro que demasiadas veces se nos ha negado.

Abstenerse de votar es solo el primer paso, es soltar amarras y aunque algunos digan que los barcos están más seguros en los puertos, lo cierto es que están hechos para navegar, y a un lugar y un tiempo donde nunca más tengamos que decir: “lo que pudo haber sido y no fue…”.

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