Liberación de la libertad (VII)

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Manos rompiendo cuerdas

PACO CORRALIZA.

El proceso racionalizador iniciado en la Revolución-Reacción francesa llevaba aparejado, en su fase desintegradora o analítica (el «regressus» de Gustavo Bueno(1) dentro de la «holización» globalizadora), la disgregación de la comunidad organizada según el Antiguo Régimen, hasta reducirla a un conjunto de individuos inconexos o átomos sociales. Un agregado de seres perdidos entre sus iguales y, en ese sentido, expulsados fuera de la política, en tanto sujetos sin capacidad de actuar en medio de lo común («autós» del «querer ser» en el Inter-esse político) y sin controlar al Poder. De esta forma, las personas, únicos sujetos de la política, se convirtieron, de hecho, en objetos de quehacer para el anti-político Poder: sólo el dios Estado-Dinero podía implantar, con su «poder-hacer», un orden racional sobre esa muchedumbre de partículas humanas idiotizadas o despolitizadas; deshumanizadas en fin. En primer lugar, impidiendo su dispersión y confinándolas en las fronteras inter-estatales, o sea, adoptándolas con el nombre impropio de Nación.

El Estado-Nación europeo fue un engendro supersticioso y anti-político desde su mismo nacimiento. Fue un producto ideológico de una época de cientifista soberbia racional y de ruina espiritual sin precedente alguno; una época que dio paso a la religión secular más perniciosa de todos los tiempos. La euro-religión fabulosa que depositó toda su esperanza en el poder estatal y en el poseer material, mientras dejaba en el limbo de la nada a la Libertad Política y al ser espiritual. Pueblos enteros se convirtieron a esta nueva religión invertida y anti-política, donde todos son poseídos por el Estado-Razón y desposeídos de sí mismos, embebidos en la Nación. Sólo una muchedumbre enajenada de la Libertad Política puede esperar leyes justas y «justicia social» de un Poder antidemocrático que es violento e impostor por naturaleza.

Y se debe a Napoleón emperador, el primer gran tirano del nuevo Estado republicano, la aprobación del Código Civil, un imperativo derecho privado ideado con afán de comenzar a reglamentar las relaciones entre personas y cosas, cosificando a las primeras y personalizando a las cosas. Napoleón “lo hizo cuando imaginó que el orden privado sería inestable si no se conformaba como el orden público de los reglamentos militares. Un descubrimiento trascendental que le permitió construir, por primera vez en Europa, el Estado administrativo, o sea, el Estado moderno” (2).

El apogeo de la religión estadolátrica se alcanzará a partir del las revoluciones de 1.848, cuando definitiva y dogmáticamente el Estado comienza a hacerse oficialmente cargo, también, del sustento de sus adoptados hijos nacionales. Coincidiendo con el Segundo Imperio francés de Napoleón III, sobrino de Napoleón, se fragua el concepto de Estado-Providencia. El dios estatal, que ya era el gran vidente racional, dándose a sí mismo la razón con sus propias leyes auto-evidentes, traspasa la videncia para hacerse providente. Para alimentar y conformar al «cuerpo social» y hacerse dueño de la historia (su propia historia), necesitaba incorporarse a sí mismo en el curso de su propia necesidad (autojustificarse). Necesitaba más superstición para el crédulo rebaño de idiotizados átomos sociales: necesitaba ideologías supersticiosas para la muchedumbre de supervivientes (supérstites) de la política. La «cuestión social» (que exige Poder total) triunfa definitivamente frente a la «cuestión política» (que invoca Libertad como contrapoder), cuando resulta que “los valores políticos son esencialmente públicos, pero los valores sociales tienen contenidos que son privados por esencia” (1) (es decir, son estrictamente extra-políticos).

Todo este fárrago de egocentrismo individualista disfrazado de socialismo estatalizante; toda esta supersticiosa social-estadolatría y «psiquismo racional-nacionalista» en torno al indiviso y divino poder del Estado-Nación moderno generó auténtica hambre de dominación ideológica (disfradazada de cultura) que está muy bien expresada en esta frase de Pascual Estanislao Mancini (1861), recogida por Gustavo Bueno(1): “[los hombres, reunidos por muchos lazos materiales], no formarán una Nación sin la unidad moral de un pensamiento común, de una idea predominante. Es el «pienso luego existo» de los filósofos aplicado a la nacionalidad”. ¡Qué monstruosidad política pero cuánta coherencia con la historia previa y cuánto realismo respecto a los negros tiempos que se avecinaban!

Las puertas del siglo XX, el más vulgar, liberticida, anti-político, necio y sanguinario de todos los tiempos, estaban abiertas. Y hay que decir ya, aunque volveremos sobre ello, que la actual Unión Europea, con sus instituciones antidemocráticas; su cerebral calculadora de intereses dinerarios; sus inicuos e infalibles comisarios; su asquerosa máscara de servidumbre financiera que oculta bancarios rostros fiduciarios; su ficticio cuerpo de una Europa tomada como difusa nación envolvente…; en fin, esa Europa y su absurda «gobernanza» social-€uro-burocrática, es el último engendro de la triste historia anti-política y euro-religionaria escrita por los dos grandes cíclopes europeos: Francia puso los raíles ideológicos del nacionalista Estado administrativo; Alemania y su acomplejada Partidocracia mantiene en marcha la ideológica €uro-locomotora social-burocrática.

Una vez más, los vientos europeos traen hasta España un inconfundible tufo a farsa, a dinero y a patraña; por si no tuviéramos bastante con la corrupta oligarquía de los Partidos, recibimos de ese pufo llamado Europa viejos vientos corrompidos cargados de olores podridos.


(1) BUENO, Gustavo. “El mito de la Izquierda. Las izquierdas y la derecha”.  Ediciones B, S.A.. 2.003.

(2) GARCÍA-TREVIJANO, Antonio. “Teoría Pura de la República”. Libro Primero: “Actualidad de la Revolución Francesa”. El Buey Mudo. 2.010.

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