Claro

Oscuro

La versión oficial, aparte de falsa, contradice el concepto mismo de corrupción. Por ello es increíble. La corrupción no consiste en un acto personal de inmoralidad o una suma de casos aislados. Para merecer la categoría de corrupto no basta con transgredir la moral de manera habitual. Se necesita además llevar una doble vida, en la que el mal modo privado de vivir sea compartido o conocido por el estrecho círculo social donde se desarrolla la vida pública buena del corrupto. La corrupción sólo escandaliza a la sociedad exterior a ese círculo. En cuyo interior no es más que una falta de pericia. Es el meollo de la corrupción social y de la política. Sin la primera es imposible la duración de la segunda. Aunque ésta sea la causa original de aquélla. Para saber el origen de la corrupción española conviene echar una ojeada a otros tiempos y lugares, en busca de una causa histórica común que pueda explicar lo que nos pasa. Bajo Franco, se diga lo que se diga, no hubo corrupción de los poderosos por la simple razón de que no la necesitaban. La moral pública era una imposición de su moral privada. Continuación, por otros medios, de una moral de victoria bélica. Todo lo inhumana que se quiera pero, al fin y al cabo, una moral. Como la ética de los griegos que prosperó en una moral de esclavitud.

La corrupción parlamentaria vino con Jorge I, un alemán que fundó la actual dinastía inglesa comprando diputados de izquierda hasta lograr mayoría en el parlamento. Esa duradera corrupción mudó la monarquía constitucional en la parlamentaria que hoy tenemos. La corrupción mundanal fue la del Directorio francés. Los renegados de la izquierda jacobina y de la legitimidad monárquica formaron por consenso, a la muerte del dictador, un bloque social con banqueros y especuladores para suprimir la intervención estatal, dar autonomía al Banco emisor y fundar el Estado liberal. La corrupción prebendaria es la del presidente Jackson. Un demagogo que repartió entre sus fieles los empleos de la Administración, y que canceló el Banco federal para dar la administración de los fondos públicos a la oligarquía bancaria que lo apoyaba. Esta corrupción retrasó tres cuartos de siglo la Reserva Federal y obligó a establecer el consejo de gobernadores que ha inspirado al Banco europeo de Maastricht. La corrupción patrimonial se instala en México con el reparto de fincas a los generales de la revolución y la «mordida» institucional del PRI. Y, por fin, la universal corrupción del Estado de partidos, la italiana.

El caso español es un magnífico compendio de todas ellas. Toma de la inglesa la unión de intereses entre una nueva monarquía y una vieja izquierda. De la francesa es una repetición: modales mundanos de un consenso entre renegados de la dictadura, de la oposición clandestina y de la legitimidad monárquica, con los círculos financieros, para liberar al mercado del proteccionismo estatal. De la americana imita el sistema prebendario y la inclinación del Banco de España ante los intereses del clan bancario. De la mexicana aprende que no necesita tener finalidad histórica. Y de la italiana coge todo, incluso las técnicas de fraude, salvo el fomento de la economía sumergida. ¿Por qué la izquierda tiene que corromperse? Para conquistar la hegemonía política en la sociedad no lo necesita. Pero, sin propósito de cambio social, no sabe gobernar. Busca experiencia empresarial y apoyo de los medios de comunicación. Y mediante la corrupción como factor de gobierno conquista la complicidad financiera y editorial que da estabilidad política a su programa de derechas. Salvo las del Banco de España, capital financiero y televisión, las demás corrupciones son superfluas ambiciones personales de enriquecimiento, y de fraude partidista, en el Estado de partidos de una sociedad sin ideales y sin separación de poderes. O sea, sin frenos morales ni institucionales a la corruptibilidad.

EL MUNDO. LUNES 25 DE ABRIL DE 1994


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