La historia política de la Transición se ha montado sobre tres grandes falsedades. En virtud de la primera, el Gobierno Arias aparece como un intento reaccionario de continuar la dictadura. Por la segunda, se presenta al Rey y a Suárez como estadistas que sabían lo que debían hacer para transformar la dictadura en una . Y por medio de la tercera, se fabrica la imagen de un previsor y conductor de los acontecimientos. Para destruir estas tres falsedades históricas basta leer en las hemerotecas lo que pensaron los jefes de los partidos agrupados en la , sobre la caída de Arias y el nombramiento de Suárez como presidente del Gobierno. Todos declararon que se trataba de un paso atrás, de una involución de la dictadura hacia sí mima. Que la apertura representada por el Gobierno Arias se había cerrado con la subida al poder del Movimiento Falangista.

Pero lo que dijeron en mi despacho, durante las cinco reuniones de la Platajunta entre el 15 de junio y el 5 de julio de 1976, demuestra que todos vivían en la inopia de lo que estaba sucediendo. En la primera, convocada por mí nada más salir de la cárcel, atribuí mi liberación a la debilidad del Gobierno Arias, por su fracaso internacional y la frustración de su «espíritu de 12 de febrero». En la segunda, sin revelar la fuente ni mencionar a la alemana, informé sobre el Plan Kissinger y expresé mi creencia de que la ejecución de ese Plan exigía un inmediato cambio de gobierno. Me quedé solo en ese análisis y esa previsión. El pidió la convocatoria de un pleno para debatir sobre la oportunidad de la Ley de Asociaciones para la oposición. La reunión limitada a este tema acabó de modo tormentoso. Pues el PSOE, a través de Múgica, anunció su decisión de legalizarse, bajo el amparo de esa Ley. Dije que el PSOE era libre de decidir lo que quisiera, pero que esa decisión lo dejaba fuera de la Platajunta. Con jactancia no exenta de chulería, Múgica preguntó quién lo expulsaría. «Yo mismo», le respondí. Don se marchó airado. Y la sesión terminó con el acuerdo de continuar el debate. Dos días después cayó el Gobierno Arias.

Tuve la sorna de comenzar la cuarta reunión con el primer punto del orden del día acordado en la sesión anterior: «Debate sobre la oportunidad de acogerse a la Ley de Asociaciones». En medio de la carcajada general, se oyó a Múgica decir: «No hay peor ciego que el que no quiere ver, pasemos a la del gobierno». Y todos vaticinaron la Presidencia de Areilza, menos yo que guardé silencio, tanto porque ya había anticipado antes el fracaso del ministro de Exteriores, como por la desconfianza que provocaba en el Rey y en Kissinger. Me limité a decir que el Rey elegiría un hombre que no tuviese adquirido el hábito de dirigirlo. En la quinta reunión, inmediata al nombramiento de Suárez, cundió el análisis pesimista que luego publicaron los medios. Y allí están mis opiniones sobre el sentido progresista del cambio de Gobierno y el peligro de oportunismo que la del Régimen crearía a los partidos de la oposición.

Los hechos relatados prueban que la ignorancia es una condición esencial para el triunfo de los jefes políticos, cuando carecen de fidelidad a las ideas que proclaman y actúan a remolque de los acontecimientos producidos con de su acción. Si el fracaso se debe a la lealtad a una idea, todo parece, incluso lo grandioso, estúpido. En el éxito debido a circunstancias ajenas, nada parece, incluso lo inverosímil, casual. La Transición se hizo por hombres que estaban en la inopia de las circunstancias exteriores que la producían y los elevaban. De este modo cada autor puede creerse autor de la obra. La peor mentira es la del que se deja engañar por la circunstancia.

LA RAZÓN. JUEVES 20 DE JULIO DE 2000


Blog de Antonio García-Trevijano

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