Personalidades de la Junta (II)

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

Conseguido el acuerdo de José María Lasarte y Josep Andreu, llamé por teléfono a Valentín Paz Andrade. Una de las figuras de más prestigio en Galicia. Me pidió incorporarse conmigo en el grupo de personas independientes y prometió gestionar la entrada de los partidos gallegos en el organismo unitario. La transición no ha hecho justicia a la memoria de esta gran personalidad cultural del galleguismo. Lo conocí por sus vinculaciones profesionales con la empresa Pescanova. Y al primer instante comprendí que era una persona fuera de lo corriente. A su sensibilidad literaria, poco común en la política, unía un talento especial para captar el sentido de los nuevos sentimientos regionalistas, que surgían como reacción a la desigualdad y desequilibrio en el desarrollo económico impulsado por el centralismo político. Nunca olvidaré su menuda figura llena de distinción, humanismo y perspicacia. Sus agudos análisis me ayudaron a comprender la naturalidad del andalucismo de Rojas Marcos y la culturalidad del valencianismo de Manuel Brosseta.

Un domingo de mayo de 1974 visité a Enrique Tierno Galván, en su domicilio de Ferraz, para que leyera el documento unitario y asistiera a una inmediata reunión, en el hotel Lotti de París, con Santiago Carrillo, Rafael Calvo Serer, un delegado del PNV, Josep Andreu, por la Asamblea de Cataluña, y don Valentín Paz Andrade. A medida que iba leyendo el texto su cara demudada del pajizo seco al blanco cerúleo. Hasta que, antes de terminar, explotó en un borbotón de angustia y miedo: «¡Pero esto es una revolución!». Mi sonrisa de ironía le humilló. «Claro, no se trata de una revolución social, no hablo por mí, estoy de acuerdo con el contenido, sólo es cuestión de lenguaje, deberíamos de suavizarlo». Por otros derroteros que le parecían menos ridículos añadió: «No creo, de otro lado, que a mi partido le convenga aparecer ahora de repente cogido de la mano del partido comunista y del Opus Dei, tengo que pensarlo con más calma». Era fácil de rebatir: «Franco está enfermo, Pablo Castellanos y Gil Robles preparan una plataforma de la oposición con exclusión del PC y tu partido, seguramente se negarán a integrarse en nuestra unión, aprovecha esta oportunidad para situarte a la izquierda del PSOE y lograr el reconocimiento de la Internacional Socialista. Me propongo presentar nuestra unión, ante la opinión internacional y el Parlamento de Estrasburgo, como la alternativa democrática a la dictadura. Adelántate a la muerte de Franco y al PSOE». Conocía muy bien a Tierno. Como persona, como intelectual y como político. Siempre he desconfiado de las personas que hablan como escriben. En un francés lo disculpo por la tradición que ha hecho admirar la brillantez y la precisión de la expresión oral en la conversación ordinaria. Pero entre nosotros, como en Inglaterra, la pedantería oculta vicios del carácter y desdoblamiento de la personalidad. El alma tortuosa de Tierno la ocultaba su palabra suave y la delataba su cuerpo violento. Su cobardía rayaba en el delirio, y su doblez, en el arte. Su naturaleza estaba compuesta como la de los centauros. A través del pantalón, sus pantorrillas se dibujaban como las de un sátiro. Pero su inteligencia natural, más profunda que el entendimiento del mundo social y político que le daba su confusa cultura, era prodigiosa. Si hubiese leído menos y con más discernimiento, habría pensado y escrito mejor. Su pensamiento siempre estuvo dominado por sus pasiones. Como político y hombre de partido, cuando no seguía al pie de la letra los criterios de Raúl Morodo, era una completa calamidad. Pero mis argumentos, a favor de sus pasiones de rivalidad con el PSOE y Gil Robles, más fuertes en aquel momento que su miedo genético, inclinaron el precario fiel de su balanza y prometió asistir a la reunión de París.

LA RAZÓN. JUEVES 17 DE AGOSTO DE 2000


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