Claro

Oscuro

Nadie explica el sentido de lo que está sucediendo. La acción militar no parece tener otro móvil que sedar el pánico y calmar la sed de patriotismo en Estados Unidos. Su Presidente dice que la guerra antiterrorista puede durar una década. Guerra contra un enemigo anónimo y disperso por el mundo. La angustia vital se expande si el futuro no puede ser concebido como continuación del presente o triunfo de lo conocido. En las revoluciones, el temor de unos se compensa con la esperanza de otros. El terrorismo de justicia islámica ha levantado una furiosa ola de temor de civilización, sin un remanso de verdadera cultura de justicia civilizada que la domestique. Los que reconocen la novedad de lo que acontece no osan aventurar en qué consiste.

La cultura nació, antes que la civilización, sin proceso de ruptura con la Naturaleza. Los modos de vida se fueron separando de sus matrices naturales a medida que los pueblos avanzaban en el dominio técnico de la energía. La necesidad de nombrar este progreso mediante una nueva palabra se hizo sentir cuando se aceleró con el maquinismo. Ferguson y el marqués de Mirabeau, dos creyentes en el progreso continuo, crearon la voz «civilización». Y Kant no la separó de las raíces culturales que la sostenían. Pensó la civilización como «decoro» externo de la decencia íntima de la cultura.

El proceso de civilizarse, de progresar por medio de ciencia y técnica, dependió del valor preferencial que tenían la libertad o la justicia en cada cultura tradicional. No podía ser homogéneo ni realizarse al mismo compás. Unas naciones se empeñaron en la libre explotación de los recursos naturales, sin miramiento a la justicia natural. Y donde se idealizó (Descartes) la libertad de acción sobre la Naturaleza, sucedió la revolución de la libertad entre los hombres. Desde entonces, la civilización responde a una doble exigencia. Libertad de acción antiecológica e inhumana, en la explotación del planeta. Libertad liberal y democrática en el sistema político. La cultura musulmana, que tenía las mismas raíces grecolatinas que la occidental, no incorporó al islamismo los elementos que, en el cristianismo, hicieron prevalecer, con Renacimiento y Reforma, la libertad de acción sobre el ideal de justicia. Los musulmanes no se han alzado contra sus dirigentes feudales, ni la civilización occidental por la libertad. Pero pueden hacerlo por la justicia entre naciones.

El mensaje de Ben Laden, del que no se desprende que haya sido el responsable, legitima en la justicia el terror del 11 de septiembre. Y acusa a la impiedad del mundo conmovido por este atentado, de que no haya levantado un dedo contra el terror de Estado que asesina niños en Irak o Palestina. Aunque su alegato sea fácil de desmontar con las ideas básicas de la civilización de la libertad, sería imperdonable no prevenir el fatalismo de tragedia griega que los sentimientos de venganza tendrán en masas inmersas en la cultura de la justicia instintiva, latente en las dos religiones del Libro. La elegancia natural de Ben Laden no ha refinado su apego primitivo a la justicia tribal del Talión.

La alternativa comunista al capitalismo no era, ni siquiera en teoría, un conflicto de civilizaciones, pero sí una oposición irreconciliable entre libertad y justicia social en un mismo tipo de civilización industrial. Lo que hoy sucede no puede ser inicio de un «choque de civilizaciones», como se empieza a decir sin saber de qué se habla. Frente al occidental no hay ningún otro proceso civilizador. Lo que estaba inédito en la historia de las naciones estatales era el conflicto sangriento de la civilización de la libertad con una cultura de la justicia. Lo desconocido en la política era el terror de Estado, en guerra con el terrorismo civil. Son las dos novedades históricas de esta guerra de golpes innobles, sin batallas leales a su propia causa.

LA RAZÓN. JUEVES 11 DE OCTUBRE DE 2001

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