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A los pollos peras que exigen “respetito” por el Estado de las Autonomías hay que mostrarles que la guinda de ese descalzaperros jurídico es Madrid, nombre que designa, a la vez, capital, autonomía, provincia, región y, ya puestos, club de fútbol, el Real Madrid.
No más de tres minutos, que se puede armar –ordenó Guerra a Alonso Puerta, que en la tribuna del Congreso defendía el artículo quinto de la Constitución, “La capital del Estado (que no de España, como quiso corregir Cela) es la villa de Madrid”, un “visto y no visto”, como dijo Puerta de su propia intervención.
Tras los chalaneos y madrugadas de Suárez, el del aeropuerto, y Tarradellas, el del aeropuerto, pitagorines y arbitristas se pusieron manos a la obra: lo esencial era desmochar Castilla (fuera Santander y fuera La Rioja), para evitar… ¡una Grande Prusia!, y dejar colgada Madrid, porque “la ‘descapitalización’ es una forma de ‘decapitación’ de la unidad nacional”, dicho por Aguinaga, 96 años, decano de los cronistas de la Villa, que el otro día pronunció una lujosa conferencia sobre el asunto, “Madrid, Región Capital”, con todas las gerundiadas que los personajes de la Santa Transición cogitaron contra Madrid, desde el demógrafo Leguina (“la Comunidad de Madrid es una región metropolitana”) hasta el jurista Gallardón (“Madrid es centro del Estado”) pasando por Tierno Galván, que odiaba Madrid (quiso hacerse pasar por labriego soriano) y que en Barcelona contaba que en el franquismo “las madres se iban a dar a luz en otros lugares, a fin de evitar la vergüenza de que sus hijos nacieran madrileños”.
¡Madrid ha dejado de ser capital! –declaró en la TV catalana.
¿Qué era, pues? Según Leguina, “un invento”, y según el editorial del periódico global, “una realidad artificial, condenada a la existencia por la negativa de las comunidades limítrofes a integrarla”.

Madrid Región Capital es nuestro proyecto –redondeó el gallardonismo por boca de Cortés.
Pero un proyecto es otra cosa.

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