Vampirismo estatal

Los efectos de la integración de masas en la sociedad civil española

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Si como indicó el filósofo Aristóteles en su obra, es la política lo que hace hombre al homo sapiens, es lógico entonces que un Estado de partidos haga “gente” a las personas. A las que viven en y para el Estado, en una oligarquía partidocrática. Algo que, recordando el carácter original del ius gentium romano, produce que se vean como normales las alusiones populistas dirigidas a la sociedad civil desde esa posición. Se nombra mediante esa expresión despectiva de “la gente” a lo que son, o deberían de ser, personas.

Pero a lo que voy a referirme en este artículo, es a una observación sociológica que pueda servir al propósito de que se entienda mejor el efecto de la filosofía de integración de masas, que es un aspecto que caracteriza de forma notable a los Estados de partidos. Es cierto que porque la sociología política no es una Ciencia, su uso no tiene más veracidad o certeza que la que proporcione la agudeza en la percepción que posea quien la utiliza. No obstante, y sin pretender que la que yo pueda tener sea la más acertada, considero que tal vez pueda resultar interesante aportar mis humildes observaciones, a esta disciplina del conocimiento. Mediante un análisis del modo en el que la forma política de una oligarquía de Partidos consigue ahormar a toda la sociedad regida por ella, quizás se pueda favorecer o propiciar de algún modo una mejor acción política de oposición para destruirla.

A lo largo de todo el siglo XX y ya entrado el XXI, de toda la Europa continental, es probablemente en España donde más y mejor se han perfeccionado las técnicas de control de masas, llevando tal vez hasta los límites de su mayor eficiencia a la forma política de la partidocracia. Y creo que si de algo no se puede dudar a estas alturas de la Historia, observando la facilidad con la que las más recientes medidas totalitarias, en el ámbito mas íntimo de la Salud, se han comenzado a imponer, es de que la perfección en la corrupción y en la domesticación de los gobernados, es si no la máxima posible, al menos bastante óptima.

Quizás tenga que excusarme ante los seguidores de la filosofía del húngaro Emil Cioran, si creen ver en lo que explico una mala imitación de su ilustrado cinismo, o ante los admiradores del Marqués de Sade si piensan que me motiva el sadismo, pero sin embargo, es la prioridad de mi interés, la de ceñirme, de la forma más aproximada en la que esto sea posible, a la observación fenomenológica de los efectos de la integración de masas en el Estado. Una práctica política que ya se encuentra suficientemente fundada y explicada en toda la filosofía del mejor idealismo alemán de la que se deriva, pero no tanto así en lo que corresponde a sus efectos y sus consecuencias en la sociedad civil. Una observación que entiendo que nadie en el ámbito académico se atreve a hacer aún, por motivos creo que evidentes y que guardan relación con la cobardía intelectual que parece ser ya una tradición filosófica en España. Pensar en contra del poder establecido, no parece tener el menor recorrido dentro de las publicaciones, y menos aún si se refieren al puro análisis descriptivo y científico de lo político.

Para no extender innecesariamente este mínimo ensayo preliminar, que no pretende alcanzar un desarrollo exhaustivo o menos aún de contenido filosófico, quiero aproximarme inmediatamente a los ejemplos y manifestaciones materiales que se pueden ver en la actualidad, en el ámbito de las modernas redes de Internet llamadas “sociales”. Sistemas telemáticos que proporcionan el caldo de cultivo perfecto para expresar, de forma muy fecunda, el idealismo más utópico de la democracia social o material, y que son percibidos por las masas como si proporcionasen un mayor grado de libertad o de participación en la vida política.

Por una parte, el fenómeno de la figura emergente del vulgarmente conocido como “youtuber“, ligado exclusivamente a la actividad comercial de una gran compañía norteamericana, ha contribuido en gran medida a la degeneración e involución, en forma popular, de la figura del profesional del periodismo. Algo que, sin duda, sirve bien al propósito de mitigar las frustraciones de un amplio sector de la población, que venía recibiendo cada vez con mayor tedio la emisión de los espectáculos de las grandes plataformas de Televisión tradicionales. Plataformas cada vez más degradadas en cuanto a la calidad intelectual de las opiniones políticas escuchadas en las tertulias y repetitivas en la variedad de sus contenidos mas generales. No siendo más que portavocías de la ideología única de consenso del Régimen en España, su falta de vigor creativo y de inteligencia innovadora, se venían haciendo cada vez más evidentes, incluso para los sectores de la población con una menor formación intelectual o menos cultivados. Una oferta que, a pesar de la aparente pluralidad debida a la proliferación en las últimas décadas de unos pocos monopolios, cada vez se asemeja más, por la unanimidad de sus propuestas, al NODO de la época de la dictadura militar en España. Aún cambiando los contenidos de naturaleza nacional, por otros que ahora siguen todas las peores modas extranjeras, la doctrina única de consenso político y los disvalores de la socialdemocracia, los hacen formalmente idénticos.

No pretendo poner en duda que, en muchos de los casos, la actividad de los “youtubers” realizará alguna labor útil y encomiable, digna de todo elogio, aunque únicamente fuese la del más puro entretenimiento. Pero no es el propósito del presente artículo el de la valoración de algo o su juicio moral generalizando, tanto como el de la observación de su desarrollo y sus efectos en la población española. Un desarrollo que sin duda es hábilmente manejado mediante la promoción de la fama y la recompensa económica, y que actúa, sin que se perciba comúnmente, ninguna aparente edición o censura en él.

Los aspectos puramente legales que han permitido el engrandecimiento excesivo de estas plataformas de comunicación, que no se limitan únicamente al audiovisual, como en el caso de YouTube y otras, sino que se extiende igualmente a otras pocas redes sociales como Twitter o Facebook, se deben a un privilegio poco evidente, al ser consideradas como meros vehículos de naturaleza neutra, cuando la realidad es que vienen operando en la práctica como verdaderos editores de contenidos. Algo que ha llegado a su máximo grado de expresión, cuando recientemente, un Presidente de los Estados Unidos de América, víctima de sus propias bestias tecnológicas, veía prohibida su intervención y participación en ellas. Pero no es tampoco un análisis jurídico de la regulación en la actividad de las plataformas tecnológicas de comunicación lo que pretendo, o la propuesta de unos límites en su ejercicio, sino más bien, mediante estas breves explicaciones, proporcionar un mejor contexto para comprender el modo de operación de lo que causa unos efectos sobre sectores muy extensos de la población en España.

A lo que pretendo referirme aquí, es a la sensación de libertad de expresión que produce algo que, en su conjunto, no es más que un enorme guirigay de características asamblearias, y que en su suma, proporciona la dosis suficiente de ruido en las opiniones como para impedir un fácil discernimiento. Algo que provoca en el espectador una apariencia de conocimiento por el cúmulo de datos e informaciones, cuando no llega a producir en la realidad más que un continuo activismo inane en las cuestiones políticas, mediante las masificaciones sucesivas de sus seguidores. Tanto es así, que lleva a las personas mas humildes, o a las acostumbradas a la imitación, a tratar de seguir esas pautas ya marcadas por otros, equivocando y haciendo fracasar cualquier acción política civil. Aparentes fuerzas cuantitativamente significativas en el puro número, que ilusionan especialmente a todo aquél que no persigue mas que la fama, pero que sin embargo siendo enteramente virtuales, en el terreno material de las acciones políticas, carecen de energía o de vigor.

Sin embargo, y a pesar de que lo que explico pueda ser tomado equivocadamente como un mero desprecio, a donde quiero conducir mi reflexión, es al terreno del uso que de estos nuevos Medios hacen todos los Partidos políticos en España; las facciones de la monarquía que mantiene una política única gracias al consenso. No se trata tampoco, como quizás se podría concluir inmediatamente, de que la infiltración de unos agentes de control sea bastante mas fácil de lo que ya lo era cuando las acciones civiles de oposición a una dictadura, se desenvolvían en el ámbito de la clandestinidad. Unos tiempos en los que se conducían fácilmente las Asambleas de contenido político y se aniquilaban mediante difamadores y alborotadores. Se trata de que la observación de todas las opiniones circulantes en la sociedad y que logran alcanzar la categoría de mayoritarias, permite realizar una mas cómoda acción de integración de todas ellas en el mundo político del Estado.

De este modo, cualquier opción disidente sin excepción, cuyas características la hagan apropiada a la conveniencia de los programas de los Partidos que aparentan ser la oposición, será incorporada en forma de promesas y ofertas que, dada la falta de controles, jamás serán necesariamente cumplidas. Así, este juego del burro y la zanahoria, que embriaga a las masas votantes hasta su extenuación, las mueve una y otra vez a las urnas en donde se produce su absoluta rendición. Es un procedimiento que necesariamente resulta en la mayor facilidad para ejercer cualquier populismo, y que deja exangüe a la sociedad civil hasta llegar a un grado de descomposición prácticamente cadavérico, como en el que actualmente se encuentra.

Esta constante práctica de vampirización, de succión del vigor civil para mantener en el poder a la oligarquía y a toda la cortesanía estatal con sus privilegios, conduce progresivamente a la muerte moral de la sociedad civil española, ya degenerada de por sí, a través de la imitación de toda la corrupción que observa en la jerarquía política. Sadismo de gobierno y masoquismo civil que se retroalimentan, hasta agotar todas las energías políticas que puedan quedar residualmente.

Y hoy, en este légamo social resultante de demasiadas décadas sometidos a la infamia, la mentira y las traiciones, el pedante pasa por cultivado, el listo por inteligente, el oportunista por habilidoso, el temerario por audaz e incluso el beocio pasa por beodo para engrandecerlo. Y en cambio, el honesto pasa por tonto, el decente por anticuado y el valeroso por engreído. Todo es arrastrado a la vileza en este Estado de partidos, que mediante su vampirismo estatal, condena a la infamia y a la ruina moral a todos los españoles. El campo estéril sembrado por el consenso político de la socialdemocracia, no puede más que engendrar monstruos y aberraciones en los que cualquier nueva facción, no podrá ser otra cosa que una creación artificial y aberrante, que nacerá muerta en la propia muerte de los españoles sin sangre ya en sus venas.

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