La moral de los pueblos

Reflexiones acerca del enigma de la servidumbre voluntaria

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La aparente distopía en que ha degenerado la situación política y sanitaria de la España actual requiere, para la comprensión de su causa, enfrentar uno de los problemas filosóficos y religiosos más antiguos de la humanidad: el dilema eterno entre el mŷthos y el lógos. Y su imbricación con la moral de las naciones.

La nación, su forma consuetudinaria de vivir como pueblo, es determinada por el secular devenir de la acción conjunta de las personas que la componen. Convivir, compartir conocimientos, creencias, conductas, lenguas, configura la idiosincrasia de los pueblos. La historia de una comunidad define su cultura, la máxima expresión espiritual del ser colectivo es su moral.

La bella polisemia hacia la que ha evolucionado con el uso esta palabra, cuyo origen etimológico significa manera de vivir, desvela la importancia que tiene para las personas el sentimiento de pertenencia a su tribu. La moral es un atributo exclusivo de la especie humana, porque su conciencia le capacita para obrar ateniéndose a los conceptos de bien y mal. Su ser, consciente de su propia naturaleza, tiene la capacidad volitiva de dominar su instinto, de no actuar animado exclusivamente por los sentidos, sino también por la facultad de su espíritu. Junto a estas consideraciones, que estudia la rama de la Filosofía llamada Ética, moral también significa, hoy en día, estado del ánimo, individual o colectivo, confianza, es decir, fuerza del alma. Tener moral, es tanto saber lo que es bueno, como poseer la fuerza para hacerlo realidad. Hoy España está desmoralizada, en los dos sentidos.

La confusión reinante con respecto a la definición de país, Nación y Estado, dificulta enormemente el estudio de las atribuciones que les corresponden. Si el país es el pequeño territorio, la Nación el hecho histórico y el Estado la personificación jurídica de ésta, la Administración, ¿cómo dudar de que funciones les competen? En el Estado está el Gobierno, y ejercerá de forma acorde a como a él llegó. El hecho nacional es consecuencia de la historia y de sus mitos fundacionales, la herencia de los antepasados y la convivencia en el tiempo, esto es, su cultura. Cuando el Estado se inmiscuye, contra natura, en la atribución de las funciones correspondientes a la nación: mitos, religiones, educación, leyes, fiestas, arte, … nace el monstruo. Regímenes dictatoriales del pasado siglo ya fenecidos padecían esta aberración. Perduran otros estatalismos, bien totalitarios, bien en forma de oligarquías en un Estado de partidos políticos, que nunca dejan de ser facciones en él.

Como poderes enfrentados que son, su lucha es eterna. Si no se civiliza, estableciendo su original separación por una constitución que garantice la libertad fundadora, que defina su acción y sus límites, el predominio estatal siempre conllevará privilegio y vasallaje. Las dos formas donde la potencia estatal carente de control ha subyugado a nuestra Nación, en los dos últimos regímenes de poder, son diferentes en cuanto a su origen, y por tanto, también lo son en cuanto a la forma de mantenerse. La dictadura se sostuvo por la fuerza. El Régimen de oligarquía de 1978 se sustenta en el engaño. Y es llegado a este punto donde querría reflexionar acerca de los mitos actuales, en toda la extensión del término.

Un mito es un relato fantástico asentado en la tradición de los pueblos. No pretende establecer una verdad racional, su función es la cohesión de los individuos que comparten una creencia que toman por verdadera. La contestación a las preguntas existenciales que preocupan al Hombre, el nacimiento de una religión o un cuento legendario de la fundación de una nación, son un hecho cultural, natural en todos los pueblos. Si, otra vez, el Estado se erige en creador artificial de mitos, la libertad queda impedida.

Los muñidores del mito fundacional del Régimen de 1978, incrustados en el Estado, no crean un relato cultural, inventan una gran mentira: “la Transición es el paso de la dictadura a la democracia”. Para perpetuar el engaño y conseguir que perdure el poder omnímodo de gobernantes y cabilderos, se necesita una constante renovación de las falacias y una ininterrumpida colaboración de una parte significativa de la población entregada a la servidumbre voluntaria. Esto ha de realizarse a costa de la integridad nacional. La destrucción de su cultura es el arma más eficaz para conseguir la sumisión de un pueblo. Y esa es la razón de que se afanen en atacar toda expresión de la misma: lengua, religión, arte, educación, enseñanza, tradición… Si además consiguen que las personas, en lugar de reunirse para afrontar el problema esencial, la falta de libertad, estén entretenidas peleándose por asuntos que carecen de importancia real, el plan es perfecto.

En la España actual, otro mito al que se aferra el pueblo, insistentemente predicado por los medios de propaganda del Régimen, es el de la ciencia. Pero la ciencia, que es una forma de conocimiento basada en la observación y análisis de los hechos, tratando de establecer las causas que los producen, y mediante la lógica predecir las consecuencias de los mismos, nada tiene que ver con el mito cientificista sobre el que se asienta el poder de nuestros gobiernos.

La privación de derechos a la que está sometida la nación española desde hace más de un año, estriba su fuerza en ese mito estatal. Es aceptado como un dogma, como una verdad revelada para la doctrinal adhesión de los súbditos, que se aferran al fierro ardiente de su esclavitud como si fuese la tabla de su salvación.

La ciencia es lo contrario al dogma. El científico discute, el tirano, o quien le apoya, sea por interés, miedo o ignorancia, se afirma en el mito. Desmontar las falacias gubernamentales con respecto a la naturaleza del Régimen, la perversión del sistema electoral o las medidas privativas de derechos que nada tienen que ver con la medicina preventiva, es fácil con el método científico. Pero no es eficaz, les basta con negar la luz al sol y recibir el apoyo multitudinario de un pueblo habituado a la pesadilla de querer servir al amo que considera menos malo.

Pienso que no pueden ser la falta de inteligencia y la ignorancia, los motivos de que tantos españoles se sometan a las arbitrariedades de los gobernantes, al tiempo que una parte colabora además en su implementación, señalando, despreciando, y denunciando a los escasos rebeldes. Mucho más compleja tiene que ser la causa, basta observar su número, son tantos que tiene que haber personas de toda clase y condición.

Sólo una comprensión profunda de la naturaleza humana podría hallar contestación a tan difícil enigma. El uso de la inteligencia no es la única forma de conocimiento que tiene el hombre, y quizá ni siquiera sea la más importante. ¿No es acaso, la parte sentimental, de igual o mayor relevancia a la hora de tomar decisiones trascendentales en nuestras vidas?, ¿y la cultura?, ¿y las creencias?, ¿y la pasión?, ¿y el temperamento, que es innato, o el carácter forjado por las experiencias personales?, ¿y el anhelo atávico de pertenencia a una comunidad?, ¿y el miedo?

Puestos a analizar sería más efectivo reflexionar sobre los disidentes, y tratar de discernir las características que los distinguen. Tras muchos meses de estudio y reflexión, me parecía imposible comprender la razón o emoción que conduce a un pueblo a someterse a la tiranía. Creo haberla descubierto mientras escribía este artículo. El esfuerzo necesario para la escritura, el mayor tiempo de que se dispone para buscar la palabra justa, la cita que conviene, la difícil concatenación de una frase larga llena de oraciones subordinadas, favorecen el pensamiento. La aprehensión, en los que no gozamos del talento cervantino, de la carrocería sintáctica que hace que la unión de las palabras constituya discurso, conduce en ocasiones a revelaciones extáticas, a visiones que no son tan frecuentes en una charla. El consenso no requiere esfuerzo, basta la adhesión a la creencia mayoritaria, al dogma estatal, al mito falsario. El disidente quiere saber, duda porque es libre, piensa porque es incapaz de traicionar al tribunal supremo de su conciencia.

La característica fundamental que distingue a los disidentes es que no están desmoralizados, en toda la extensión del término. La honestidad intelectual les impide aceptar como verdadero lo que saben que es falso, el hálito de su espíritu moral guía su conducta hacia el buen obrar.

Quien se refiere a la situación que vive España con el término pandemia, falso tanto por su etimología como por su significación médica, o justifica, de cualquier modo, las privaciones de derechos que sufre el pueblo español, está haciendo propaganda del Régimen, sea cual fuere su motivación. Hay personas que declaran luchar por la libertad, pero su acción no es acorde con sus verbales manifestaciones, y se someten sin lucha al arbitrio de los tiranos. Su conducta es inmoral.

En España la situación es crítica, los gobiernos no tienen autoridad. Cuanto mayor es la debilidad de quien ostenta un poder, más grande es la violencia que necesita para conservarlo. Cuanto mayor sea la sumisión de los gobernados, peor será el trato recibido. Derribar el mito, destruir el tabú, es el camino que conduce a la libertad de nuestro pueblo. El único poder que podría enfrentarse a la arbitrariedad de la potencia estatal, es la sociedad civil, la Nación, cuando alcance la consciencia de su fuerza al caer en la cuenta de su responsabilidad moral e instinto de la propia supervivencia.

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Miguel Galdón

Excelso.

Richard Martin

¡Genial Carlos! … ENHORABUENA por tu calidad tanto en la profundidad de tus reflexiones como en la claridad expositiva.
Gracias por regalarnos éstas magníficas reflexiones .

Jesús Roberto Cecilia Bermejo

En la lectura del artículo ,se repasa y define algunos palabras y su significado que es buenos recordar . Pero me voy a centrar en una Estado, es tan abstracta que define todo y nada. Por ejemplo el B.O.E ,no debería sustituirse ESTADO por gobierno de turno, para saber quién ha hecho o promovido esas leyes. Me viene a la cabeza la leyes educativas, cuantas hay y cuantas reformas, hay alguien responsable que se quiera atribuir los aciertos o los fracasos de dichas leyes.
Completamente de acuerdo mientras no exista sociedad civil ,poco se avanzaremos.

Jose Carlos Garcia

Creo que los problemas hay que verlos de todos los prismas posibles en la época que se plantean y con todas las herramientas a mano. También creo que la moral y la ética van más ligadas, en el hombre, a Dios que a los siquiatras. Por lo cual y en general estamos ante un problema de enfermedad del espíritu más que del cerebro. ¿Y que es lo que al hombre le puede enfermar el espíritu? : la falta de Dios.¿no? Alguien que no cree en Dios podría, como Sartre, creer en su necesidad.
Mí opinión es que alguien desde hace mucho no quiere ni al hombre ni a Dios.