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EPÍLOGO
La resignación es el estigma de los esclavos

La verdad está prohibida en España, o mejor expresado, está proscrita. La ocultan, la tergiversan y la maldicen los gobernantes, los periodistas, los enseñantes y por extensión casi todo el pueblo español.

Quien la busca para conocerla, aprehenderla, compartirla y, si tiene vocación pedagógica o necesidad política, enseñarla a sus compatriotas, está mal visto en sociedad, será considerado despreciable hasta el ostracismo. Por muy humilde que sea su actitud, por muy riguroso que sea su razonamiento, por muy atento que permanezca a la comprensión de las pasiones, por muy noble que sea la causa que lo motiva, será considerado un renegado, un hereje, un traidor, un miserable, un engreído, … Pero tú, ¿quién te crees que eres?, ¿acaso eres más listo que los demás?, ¿mejor persona?, ¿cómo osas disentir de lo que todos damos por cierto? Se le negará el saludo, algunos de los que creía sus amigos dejarán de serlo o parecerlo, quizá algún familiar le retire un cariño aparente que nunca le tuvo, sus vecinos le mirarán con el recelo de quien no está a gusto en su presencia, muchos se alegrarán de sus adversidades, unos pocos le serán fieles y nunca sabrá cuantos le admiran en secreto.

Mas, ¿qué ínfimo valor tienen estas nimiedades si se comparan con el tesoro de su contrapunto?: el amor por la verdad, la excelencia en el trato, la firmeza de las convicciones y, sobre todo, la adecuación entre el pensamiento (la conciencia) y la acción.

Y, ¡es tan grande la soberbia del hombre actual!, ¡con qué ligereza se burla de los antiguos, que creían en olimpos llenos de dioses y aceptaban los pronósticos de los oráculos!, ¡con qué desprecio se refiere a las creencias de los fundamentalistas religiosos!, ¡con qué aire de superioridad denigra las supersticiones que no comparte!, ¡cómo se ríe de las mitologías nórdicas, de los tótems indios, de los animistas africanos; en fin, de las costumbres de otros pueblos!, ¡cuán desconsiderado es al menospreciar a sus antepasados, que confiaban en hechizos y rezos para solventar sus problemas, o tenían visiones que él no puede comprender!, ¡ah, y esos locos que bailan para que llueva!

¡Qué salvajes eran aquellos hombres primitivos, que mutilaban sus cuerpos para verse más hermosos, que dejaban morir a sus ancianos porque el alimento no era suficiente para todos, que asesinaban a niños recién nacidos según las circunstancias de su costumbre, que ofrecían en sacrificio vidas humanas para calmar la cólera de alguna deidad malvada!
Piensa todo esto mientras ofrece su brazo al Estado para que le inyecte una sustancia cuyo efecto desconoce; al mismo tiempo tolera que los niños de su tribu sean torturados, los ancianos despreciados, los enfermos desatendidos y él y todos los demás esclavizados, porque si desobedecieran sería peor. Y lo hace porque unos macaquitos que vio en una caja de plástico con luces así se lo recomendaron: es necesario para vivir bien y poder ir de un sitio a otro. Por tu compromiso se te dará un salvoconducto. Lleva la cara parcialmente tapada con un trapo, porque también le dijeron que así conservaría su salud. Ya no parece una persona, es una máscara.

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