Consciencias inconscientes

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

La madre de todas las confusiones políticas no es una idea básica equivocada o un valor esencial subvertido, sino la inmadurez para percibir la naturaleza del hecho social que más condiciona la vida y el carácter de los pueblos pobres: el poder político. Es revelador que en esta materia hayamos dimitido de la inteligencia que empleamos en los demás asuntos, y nos portemos como infantes inconscientes. Lo que creemos saber del poder es lo que dicen de sí mismos los poderosos. Y lo que queremos saber del poder se lo preguntamos a los secretarios (intelectuales) de los poderosos. ¡Qué nos van a decir! Lo que diría cualquier pillastre. Que el poder lo tiene el pueblo. Así, toda forma de poder, para quién lo «detenta», es democracia.

Pero en el Estado de partidos, la evidencia de los hechos, aunque nadie la quiera ver o decir, contradice la democracia. Entiendo que se discuta sobre ideas y valores. Y que cada cual tenga los suyos. Pero es difícil de comprender, a pesar del recurso a las ideologías, por qué se resiste la condición del hombre moderno a reconocer, como simple cuestión de hecho, el estado político en que se encuentra. Se puede estar a favor o en contra de la dictadura, defender o criticar la oligarquía de partidos. Pero, ¿por qué esa torpe insistencia en negar ahora la evidencia de la oligarquía como se negaba antes la evidencia de la dictadura? No hay forma peor de esclavitud que la del que se cree libre.

La esperanza sólo puede anidar en los que reconocen la falta de libertades políticas y la oportunidad histórica de alcanzarlas. Bajo la dictadura, los demócratas teníamos un doble consuelo: creernos intérpretes de las consciencias silenciosas y sabernos comprendidos por la conciencia de Europa. Pero ahora, la media docena de españoles que describimos la falta de libertad de los ciudadanos para elegir a sus representantes y constituir de abajo a arriba el poder político (en lugar de refrendar al que ya está previamente constituido), los que hemos asumido la pesada responsabilidad de contrariar las creencias comunes con la verdad irrefutable de que este régimen no es una mínima democracia, sino una máxima oligarquía política, estamos como los Copérnicos o Galileos del Renacimiento cuando afirmaban, contra la evidencia del sentido común, que la tierra se movía. ¿A qué se espera para reconocer el hecho oligárquico del Estado de partidos? ¿A que llegue su corrupción final como en Italia?

Todavía no estamos reclamando la democracia como forma de gobierno superior a la del Estado de partidos. Sería demasiado fuerte para el quebradizo espíritu de los instalados. Ahora sólo pedimos que se reconozca la verdadera naturaleza de este régimen de poder. La primera cualidad de un ser vivo, vegetal o animal, es la capacidad de reconocer la naturaleza de su medio ambiente. La condición humana no es, en esto, diferente. ¿De qué le sirve su conciencia moral si no puede reconocer el espacio de poder donde espera que germinen sus frutos políticos?

La consciencia de lo real, que es un saber primigenio, cumple en el ser humano la misma función que en los organismos primarios. No puede haber verdadera conciencia política, que es un tipo de existencia moral derivada, sin conocimiento autónomo del ambiente de poder que la circunda. La consciencia del poder es anterior y causa de la conciencia política. No se puede ser de verdad progresista o conservador, izquierdista o derechista, siendo un tonto político, es decir, un creyente sin causa, un inconsciente. Cuando falla la percepción de la realidad fáctica del poder, que es una cuestión de instinto o de inteligencia, todo lo demás se vuelve confuso. La confusión política se acentuará, por ello, con un gobierno de coalición que, en el fondo, es un consorcio entre dos pseudoconciencias sin consciencia. La pedantesca «cultura de la coalición», nuevo brote del consenso de la transición, es una apelación a esa incultura general que prefiere hacerse la ilusión de que las mayorías absolutas son malas, para no reconocer que la causa de su maldad no está en la democracia inexistente, sino en la natural repugnancia que produce la dominación de uno solo en la oligarquía de varios, en el Estado de partidos. Cuando la inconsciencia política está ocasionada, como en la España de la posguerra, por el horror al conocimiento de sí mismo, deriva en un tipo de conciencia colectiva que ahoga su pasado en la pura complacencia de un presente sin futuro.

(EL MUNDO 21/06/1993)


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Gonzalo

Debido a que la sóla explicación de la subordinación política se encuentra en el libre consentimiento de los dominados,éstos conservan su derecho a la rebeldía civil y fortaleza pasiva,sin tener que recurrir a la violencia,frente a todo gobierno que se aproveche del poder o se corrompa.