Claro

Oscuro

En un pueblo habituado a la impotencia de la sociedad ante el Estado, la Junta Democrática triunfó y fracasó por su realismo metódico y su alejamiento de la demagogia social y la utopía política. Acertó al plantear el problema de la libertad sin interferencias de la cuestión igualitaria, reservada a los programas particulares de partido. El crudo realismo en sus medios de acción, la movilización general del espíritu ciudadano en la sociedad civil, procuró el triunfo rotundo de la Junta en la sociedad política, como plataforma de oposición a la dictadura (Platajunta), y como alternativa democrática a la reforma liberal del Régimen. El realismo de sus fines, la apertura de un período constituyente de la forma de Estado y de Gobierno, hizo fracasar a la Junta frente a la utopía y la demagogia del poder estatal reformista, que prometió llegar a la democracia con los hombres y las instituciones de la dictadura. Las ambiciones y egoísmos de partido fingieron creer este cínico absurdo, imposible de realizar para justificar su traición al compromiso unitario por la libertad política y su integración oligárquica en el Estado de Partidos que suplantó a la democracia.

Me permito recordar a los que no piensan por sí mismos que no hay libertad política, ni tampoco separación de poderes o verdadera constitución democrática, si el poder ejecutivo resulta de una elección dentro del poder legislativo (Montesquieu), como sucede en todos los sistemas parlamentarios.

Antes de analizar las causas concretas del fracaso final de la Junta, cuando estaba a punto de conseguir en la sociedad civil la ruptura democrática de la situación de poder en el Estado, debo salir al paso de la falsa idea -propagada «a posteriori» de su traición por los partidos que asumieron los doce puntos de aquella- de que el objetivo común de la oposición a la dictadura, meditado y pregonado durante décadas de represión, devino de repente, y en una corta semana, un sueño de ingenuos. Pues sigue en vigor la errónea creencia de que la ruptura democrática era una utopía, de que construir la democracia de abajo arriba, desde el seno de la sociedad civil a la sociedad política en el Estado, era una quimera, de que la democracia política era un mero ideal irrealizable. Es decir, se continúa creyendo en la terrible idea de que la dictadura, por necesidad del realismo político, debía dejar su huella póstuma en las instituciones de la libertad.

Si esta idea hubiera sido verdadera, si los partidos se vieron forzados a pactar con la dictadura porque oyeron reales «ruidos de sables», si eligieron por mor del realismo el mal menor o el único bien posible, por qué dijeron entonces que lo pactado con el gobierno franquista había sido la ruptura democrática,y no la reforma oligárquica del Régimen. Si lo conseguido con el pacto era lo perseguido mediante la ruptura, por qué se escudaron en un supuesto «ruido de sables». Si los partidos de la izquierda renunciaron a sus ideales republicanos y a la apertura de un período constituyente, proclamando a su vez que lo conseguido con el pacto de la transición era la democracia, por qué no han suprimido de sus doctrinas, en nombre del realismo político, la crítica democrática a las libertades públicas otorgadas y a la no separación de poderes.

En la realidad política, como en el amor carnal, hay dos tipos de realismo. El que palpan los sentidos del cuerpo y el que sólo perciben los ojos del alma. La Reforma liberal era una realidad oligárquica visible para las ambiciones materiales de partido. La otra realidad, el avanzado estado de la ruptura democrática, solamente era perceptible para las sensibilidades espirituales de la libertad política. El apego al realismo inmediato de los cuerpos mató en los partidos oportunistas el realismo virtuoso de las nobles querencias de las almas libres.

LA RAZÓN. JUEVES 7 DE SEPTIEMBRE DE 2000


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