La Ciudad Letrada del Régimen del ’78

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En su obra, ‘La Ciudad Letrada’ (1984), Ángel Rama señala que “las ciudades surgen cuando las palabras se separan de las cosas”. Simplificando el argumento, su tesis central es que en ese instante la realidad política es absorbida por los signos, los cuales son entonces instrumentalizados en aras de convertir al lenguaje simbólico en legitimador del status quo. El resultado neto de este proceso no es otro que el establecimiento de una separación efectiva entre la <<ciudad letrada>> y la <<ciudad real>> (sociedad civil). Es en este sentido que todo régimen invierte en la escritura como modo autónomo capaz de remedar una eternidad que anhela pero que, al mismo tiempo, intuye imposible.

 

Pues bien, en lo que respecta a la <<ciudada letrada>> del Régimen del 78, esto es, a la propia del funcionamiento dirigista de la <<cultura>> (Ferlosio) española post-franquista (1975-), Antonio Muñoz Molina es, sin duda alguna, uno de los máximos exponentes de dicha trama. No hay mejor prueba de ello que el hecho de que dicho autor haya sido agasajado con las mayores distinciones imaginables por parte de las instituciones más fetichizadas del chiringuito playero español (cabe contrastar esta información con la ofrecida por el Colectivo Todoazen, en el que Bértolo señala que el reflejo cultural de la Transición son los grandes premios editoriales [Lenore]). Miembro de la Real Academia Española y ganador del Nacional de Literatura y el de Crítica (1987) y Planeta (1991), entre otros, en sus contribuciones en la sección ‘Ida y Vuelta’ de El País habla de diáspora y olvido y critica el fanatismo religioso y político desde una densa capa de melancólico romanticismo que impregna la práctica totalidad de sus textos de un empalagoso tono sepia (véanse las aportaciones ‘Ancianos Despidiéndose”, ‘La Fraternidad de los Cuadernos’ o ‘La Factoría de la Nostalgia’).

 

En 2013 fue galardonado con Premio Príncipe de Asturias a las Letras (no en vano, es el primer español en recibirlo desde que el mismo fuese inaugurado). Entre tanta letra mayúscula (como apunta Butler, las repeticiones son necesarias para mantener la identidad, especialmente cuando la misma no existe allende dichas repeticiones), su discurso de agradecimiento instancia, merced a un servilismo ideológico sonrojante (“o nosotros o el caos”) la infame habilidad la casta letrada para institucionalizarse a expensas de la <<ciudad real>> o sociedad civil, separando las palabras de las cosas:

 

“En 1981, se entregaron por primera vez estos premios y vuestra alteza presidió en ellos su primer acto público. Aún se vivía entonces bajo el trauma sombrío y reciente de una tentativa de golpe de Estado. En su discurso de agradecimiento, el poeta José Hierro aludió con alegría y alivio, pero también con plena conciencia del peligro, al <<aire de libertad que respiramos>>. Ese aire, a pesar de todos los pesares, lo seguimos respirando 32 años después, (…) que constituyen el periodo más largo de libertad que se ha conocido en la historia entera de nuestro país. Es importante recordar estas cosas ahora, cuando el porvenir parece en muchas cosas tan incierto como entonces, y cuando parece que vuelve a nosotros la terrible tentación española de hacer tabla rasa de lo que costó tanto levantar (…) sin esa respiración no habría sido posible la generación literaria a la que yo pertenezco (…) una generación nueva de escritores, pero también de lectores (…). En esa tarea colectiva, los oficios de las palabras podrán ser más útiles que nunca”.

 

¡Ni que lo diga! Y es que como vd. mismo se encargará de zanjar en una nueva contribución, “la democracia, la socialdemocracia, carecen del romanticismo de lo claro y tajante y, a diferencia de los sistemas autoritarios o mesiánicos, no hacen grandes inversiones en propaganda” (2015) ¡Por supuesto!

 

Y digo yo: teniendo en cuenta que en España no hay libertad (ganada por la sociedad civil), sino permiso (concedido o denegado, a discreción del Estado), y que tampoco es ni puede ser una democracia (dado que carece de representatividad política y separación de poderes, dos condiciones incontournables de la misma), ¿le parece escasa la inversión en propaganda que el Régimen del ‘78 ha hecho en usted como letrado predilecto de su Monarquía de Partidos?

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