Claro

Oscuro

Los artículos de pensamiento crítico, al enfrentarse a las ideas políticas que todos creen saber de mejor tinta, además de no ser aceptados por los intelectuales de oficio, no suelen ser bien comprendidos por casi nadie de peso en la sociedad bienpensante. La mejor tinta que imprime esa seguridad dogmática a sus falsos saberes no es, por supuesto, la de algún genio consagrado en la filosofía ni, por asomo, la del propio tintero. Mientras subsiste el Régimen de Poder que las crea, dicta y propaga, las ideas dominantes parecen estar hechas de piedra dura para que contra ellas se estrelle la posibilidad de un pensamiento libre. Lo peor de las ideas confusas y vulgares -y todas las dominantes lo son- no es que sean maliciosamente falsas o ingenuamente erróneas, pues eso sería corregible con el diálogo de las inteligencias, sino que una vez profesadas, sea por utilidad del interés egoísta o por el temor social a enfrentarse con la «verdad» establecida, llegan a ser, como genes políticos, indestructibles. La evidencia de la realidad contraria que las niega y la fuerza de la razón propia que las analiza carecen, salvo en pocas mentes intrépidas, de esa dureza abrasiva capaz de erosionar y disolver el material indeleble con el que la propaganda del sistema fabrica simples ideas de piedra.

Los periodistas y columnistas, que ni siquiera intervinieron en el proceso de fabricación mitológica de las ideas dominantes, se las tragan como tabletas o comprimidos intelectuales que, de una vez para siempre, ahorman sus cerebros a la visión del mundo que el poder político les sugiere. Con esas píldoras alucinantes, la ficción ilusa sustituye a la realidad de los sentidos, el sueño de los deseos a la vigilia de las necesidades, la mentira de las representaciones a la verdad de los hechos. Los mismos pueblos que poco antes vivieron, sin libertad, verdaderamente oprimidos, se encantan de vivir, con libertades de consenso, en estado comprimido. Nadie tiene que pensar por su cuenta. Todo está ya conformado de antemano. El futuro está comprimido en el presente. La libertad expulsa de su seno la aventura. La incertidumbre se escapa a los márgenes de la historia. El instinto de poder y de fama expulsa otras nobles apetencias de vida superior, salvo la de más riqueza pecuniaria. La dignidad social, comprimida por el valor sustantivo del éxito a cualquier precio, se torna risible. Y el honor personal se guarece en relicarios trasnochados.

A diferencia de lo que ocurre en el mundo de las cosas extensas del espacio, donde la gravedad y la cohesión hacen comprender lo que está comprimido, lo que es compresible en el mundo de las cosas intensas del espíritu llega a hacerse incomprensible. La máxima compresión de la libertad, el consenso político, suprime la divergencia en los criterios de moralidad pública y justicia, el disentimiento ante la jerarquía de los valores sociales, la discrepancia frente a la organización del poder, el pluralismo de las opiniones en todo lo fundamental, la libertad de acción colectiva y de pensamiento individual. Mediante la compresión de los elementos individuales de la libertad, el consenso niega las bases de la civilización moral, de la democracia política y de la política misma. Reduce la libertad política a una alternancia, en la administración de lo público, de dos partidos prebendarios financiados por el Estado.

Contra la opinión que Goethe hizo expresar al optimista conde de Egmont, en su fatal diálogo con el tenebroso Duque de Alba, los pueblos que están largo tiempo oprimidos por la fuerza represiva de una dictadura, se consideran liberados cuando pasan a estar comprimidos por la sola fuerza compresiva del consenso. Y cuando la tolerancia sustituye al respeto, la libertad de la democracia se hace, más que imposible, invisible. Siendo la única libertad que sacaría a los pueblos, si pudieran verla, de la servidumbre voluntaria y partidista en que se hallan.

LA RAZÓN. LUNES 13 DE SEPTIEMBRE DE 1999


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