Por qué soy republicano

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

Si yo fuera francés, sería pasivamente republicano. Para sentir, en verano, el frescor de la libertad a la sombra de un alma sin cuerpo, y en invierno, el calor de la humanidad en un rayo de la razón sin fuego en las entrañas. En tan abigarrada República de municipio y alcalde, devenir monárquico sería una crueldad para la imaginación popular y una impertinencia en la causa festiva de la historia. Si fuera suizo, sería republicano por el equilibrio de la fórmula política y por el alto grado de vivencia democrática a que ha conducido. Si yo fuera portugués, sería activamente republicano por el orgullo de pertenecer al pueblo que salió, con ruptura del totalitarismo; y por apurar, hasta su última gota democrática, el caudal de libertad alumbrado en el subsuelo del corporativismo. Si yo fuera italiano o griego, sería republicano al modo francés, por lealtad a las revoluciones de la libertad; al modo romano, por aliciente al espíritu público machacado en la monarquía fascista y pulverizado en la corrupción partidista; al modo portugués, para alcanzar la meta con dulzura.

Si fuera inglés, holandés, sueco, noruego o danés, y no me imagino siendo belga o luxemburgués, sería republicano, por manía de perfección institucional y de equilibrio entre poderes, para mantener viva, en la acción, la esperanza de culminar el proceso histórico de separación del Legislativo frente al Ejecutivo, truncado y anulado por los parlamentarismos con gobiernos de gabinete; para que el Ejecutivo designado por sufragio directo fuera controlado, de verdad, por la diputación de los electores de distrito. Sería republicano para que, sin impaciencia en el modo político de vivir y respetando la tradición parlamentaria, el sistema llegara a ser una democracia moderna.

Pero soy español y, como si fuera alemán o austriaco, no tengo base para ser, por tradición, republicano o monárquico. La razón produce republicanos. El miedo a la libertad, monárquicos. La libertad llegó aquí con la República. Pero también llegó la Dictadura por la debilidad de las instituciones republicanas ante el asalto fascista del Estado. La Monarquía llamó a un Dictador, abriéndole, alborozada, la fortaleza. Y otro Dictador agradecido la devolvió a una improvisada Monarquía de los Partidos. Heróica en su resistencia, la República no es culpable de haber perdido la guerra civil. Pero se hizo responsable de ella por no haberla evitado. Y no por falta de inteligencia o de carácter en sus hombre de gobierno (el más mediocre de ellos parecería hoy un portento), sino por la inadecuación del sistema parlamentario para controlar las reacciones cuarteleras de los militares y los movimientos socialmente revolucionarios de las masas. Los hechos históricos no están predeterminados. Una república presidencialista habría dejado a la reacción sin esperanza. Y de producirse una aventura golpista, la habría sofocado.

No pudiendo ser republicano por fe y tradición, lo soy por razón y revolución. Por ser demócrata de convicción, humanista de vocación, hombre de acción y patriota de nación, sin poder ser nacionalista de pasión. Una constitucional oligarquía de partidos no puede llegar, por vía de reforma, a la democracia. En cambio, una República Constitucional, que aquí nunca ha existido, permite separar, con dos tipos separados de elección popular, el poder ejecutivo del legislativo. Y sólo un Presidente de la República, elegido de modo directo por vascos, catalanes y gallegos, junto con los demás españoles, aseguraría la unidad de España, sin riesgo de secesión en los nacionalismos periféricos. Dando todas las libertades, menos la de elegir al Poder que las otorga, esta Monarquía niega la esencia de la libertad política. Ser libre y no ser republicano es, por eso, una torpe y triste utopía.

LA RAZÓN. LUNES 12 DE JULIO DE 1999


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Gonzalo

Sólamente un Presidente como Jefe del Estado elegido directamente por todos los españoles,garantizaría la unidad de España sin peligros graves de independencia en los nacionalismos del contorno.Esta Monarquía parlamentaria y borbónica,que rechaza la naturaleza de la libertad política,no puede consolidar la unidad de España ni la entrada a la democracia como forma de gobierno.Unicamente hay democracia si la libertad política de los contribuyentes esta institucionalmente asegurada.