Pasión de ser autoridad

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Antonio García-Trevijano
Antonio García-Trevijano

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

La función genuina de las elecciones se esfuma por completo si los electores sólo pueden elegir, como ahora sucede, entre partes integrantes del Estado, o sea, entre partidos constituidos en autoridades políticas estatales. El Estado de partidos sacrifica la representación de la sociedad civil, que es la idea liberal de la política, en aras de la integración de las masas gobernadas en el Estado, que es la idea fascista del poder. Las listas de partido no piden a los electores que les den su representación para controlar al gobierno, sino un aumento de su cuota de poder estatal, para gobernar y administrar lo público con más libertad, y menor control, en la concesión de privilegios administrativos a sus aliados privados. Cada partido de gobierno puede decir, con tanto fundamento como Luis XIV, que «el Estado soy Yo». La razón y crimen de partido se identifican, en la conciencia gobernada, con la razón y crimen de Estado. La parte estatal de González, llamada partido socialista, puede volver a gobernar con la misma legitimidad que el partido copartícipe, en un Estado cuyo misión ya no es la de representar la moralidad de los intereses civiles en la vida pública, sino la de integrar a toda la sociedad en una sola Autoridad, la de los Partidos en el Estado, para impedir su fraccionamiento en hipotética e inverosímil lucha de clases.
El Estado de partidos, al que se integra toda la sociedad por medio de masas de votantes a sus partes-partidos constituyentes, ha trastocado los campos donde nacían y crecían las ambiciones personales. El origen del poder, como el de la fuerza física, siempre está en la naturaleza ideológica de las cosas hercúleas, mientras que la fuente de la autoridad se sitúa en la historia mitológica de las fundaciones originales. Exentas de ideas y de cultura civil, la ambición y pasión de partido se ceban en el terreno de la autoridad, o sea, en la conquista total o parcial del mito fundante del Estado. Los hombres y mujeres de partido ya no tienen ambiciones de poder social y cultural en el seno de la sociedad civil, donde serían pobre gente sin porvenir, sino sed de cargos públicos, y hambre de autoridad estatal, en el cenáculo de la sociedad política. El alcance de su poder depende de la extensión de su autoridad. En cambio, la pasión de poder florece con autonomía, sin perfumes ideológicos ni morales, en los sitios empresariales donde la ambición económica condiciona de modo decisivo la vida administrativa del Estado, o sea, en los grupos financieros, telecomunicadores y mediáticos que crean o controlan la opinión, los gustos y las creencias de los votantes.
El poder social de los partidos no se haría efectivo, incluso siendo muy extenso, sin el amparo de los poderes estatales de los cargos públicos correspondientes a la autoridad mitológica del Estado. Y ésta no se tendría de pie, incluso siendo muy temida o reverenciada, sin el concurso de algún otro poder social que la sostenga. Porque el poder civil se basa en la capacidad de persuasión de la fuerza material de las cosas sociales, y de los medios de vida, sobre el espíritu de conservación. Mientras que la autoridad política se fundamenta en la fuerza reconfortante de la gran seguridad que proporciona el espíritu mitológico a la ignorante, embrutecida y temerosa inercia de la materia social.
La pasión de ser autoridad que afecta a las Jefaturas de partido no es más que la culminación burocrática de la misma clase de pasión, de ser funcionario, que padecen los militantes. Además del sentimiento de grandeza que comunica a los jefes el manejo de cifras contables de la macroeconomía, el basamento pasional del Estado de partidos y de las Autonomías, su atractivo para las clases medias de un país recién emergido de la miseria, está en la necesidad de los partidos estatales de hacer crecer («augere») el empleo burocrático, para merecer el nombre de Autoridad.

LA RAZÓN. LUNES 3 DE ABRIL DE 2000


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Gonzalo

El peligroso trance del Estado de los partidos guarda su fuerte motivo en el perjuicio de protección absoluta a sus delitos por otros poderes estatales y en el perjuicio del predominio civil de la fracción mediática que respalda a este Estado de los partidos.La maquinaria dominante de los partidos instalados en el Estado no conoce que su barco se está hundiendo por los mismos motivos que lo llevaron a un flote lujoso.La multitud ciudadana sufre un arrebato de estadolatría,por lo que es mezquino el arrebato de mujeres y hombres de los partidos estatales que para ser Autoridad,careciendo de autoridad moral,pretenden mangonear.