Es preferible el error

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El progreso de las ciencias tiene demostrado que el error, antes que enemigo, es vecino inseparable de la verdad. Del error se puede llegar a ella mejor que desde la confusión. Sobre todo, si la confusión natural de la espontaneidad se refuerza con el dogma de la igualdad de valor de todas las opiniones, propio de las épocas desorientadas llamadas de transición, y con la confusión intencionada, propia de las ideas y de las prácticas dominantes en las eras socialistas. El motivo de la confusión dogmática en el juicio moral ha sido su pertinaz pretensión de verdad. Incluso el escepticismo quiere ser una verdad absoluta del no saber. La humanidad no esperaba tanto de las disciplinas que la toman por objeto de sus saberes. Le habría bastado con que la ayudasen a situar los acontecimientos humanos bajo una perspectiva distante, para «describirlos» y conocerlos con un máximo de imparcialidad, y bajo un criterio cercano, para valorarlos y «normativizarlos» con un mínimo de justicialidad.   Pero estos objetivos son casi inalcanzables a causa de las anteojeras ideológicas que nos acompañan desde la cuna a la tumba. Las ideologías más tenebrosas, para la libertad de pensamiento, no son las formuladas como ideas universales, contra las que cabe prevenirse, sino las que, en forma de refranes, tópicos o valores culturales inconscientes, constituyen los preconceptos y prejuicios del pensamiento consciente y de la acción. Como no podemos ver y juzgar sin prejuicios, sólo debemos aspirar a tener los prejuicios buenos. Y el mejor, en materia de moralidad colectiva, es el prejuicio democrático. Porque, además de implicar la libertad y el respeto de los otros, tiende a juzgar el progreso moral por el grado de similitud de las condiciones sociales que favorecen el desarrollo de las individualidades. En consecuencia, mis comentarios morales o políticos, sobre hechos lacerantes de la actualidad, tomarán una distancia sideral para verlos y describirlos. Como si estuvieran contados por un marciano ignorante de nuestros valores sociales. Y luego, se lanzarán hasta el corazón de las pasiones nativas, para juzgar y resolver, con prejuicio democrático, la cuestión que las agita. Sin miedo al error de juicio ni a las consecuencias de la verdad, mi libertad de expresión estará, sin embargo, coartada por las limitaciones ideológicas de mi pensamiento lingüístico, y por la repugnancia de rozar alguno de los tres vicios   que  han  formado  la  opinión  pública y la opinión del público durante la transición: la demagogia, la generalidad tópica y la confusión intencionada.   La «demagogia» apareció en el instante mismo en que se decidió sustituir el Estado de un partido por el Estado de varios partidos. Como este Estado es incompatible con la representación del elector y con la separación de poderes, tiene que identificar la ausente democracia con la omnipresente demagogia, es decir, con la igualación cultural hacia abajo de los valores y saberes sociales. La mayoría, de votos o de opiniones, se convierte en criterio de verdad. En el Parlamento y en la televisión, la pasión igualitaria de la ignorancia compensa, con demagogia moral, la falta de democracia política. La «generalidad tópica» es una consecuencia obligada del consenso. El acuerdo unánime de la clase gobernante, en una sociedad dividida y dominada por el conflicto, sólo puede ser alcanzado si no se abandona el terreno de las generalidades. Las leyes pactadas por consenso tienen que introducir la ambigüedad calculada para que todos puedan interpretarlas a su gusto. Así nace la degradación legislativa, el caos jurisprudencial y la judicialización de la política. La lucha de frases universales, al suplantar el contraste de opiniones particulares, esteriliza el compromiso moral o político frente a lo concreto. La «confusión intencionada» responde a una doble necesidad social. La de explicar el presente sin referirse al pasado. Y la de justificar el poder sin apoyarse en algún tipo de coherencia ideológica o moral. El hecho de que el discurso presidencial triunfe por su estudiado confusionismo, no delata una simple habilidad de la mendacidad para la comunicación social en un país mediterráneo, sino la necesidad de la audiencia de sentirse identificada con la confusión, para poder vivir lo público sin necesidad de conciencia colectiva. El «felipismo» no es sólo una forma interesada de gobernar en provecho del grupo dominante, mediante la confusión particular, sino ante todo una forma de dominio de la confusión general, que encontró su mejor exponente en el «idiotismo» lingüístico y en el «ideotismo» cultural del presidente del Gobierno.   Artículo publicado en El Mundo el 3/05/1993

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