Lo azaroso

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ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO.

Aunque no se haya expresado con nitidez, la opinión que parece más objetiva en la explicación del triunfo de la Reforma sobre la Ruptura, pues elude el elemento subjetivo de la traición de los partidos, se apoya en la diferencia entre lo fortuito de la Reforma, cuyo matiz es lo inopinado, y lo azaroso de la Ruptura, cuya nota distinta en el lenguaje vulgar es la de pesaroso.
Pero este argumento cae en la falacia, llamada «del antecedente», de poner en la premisa (la idea de desgracia) lo que debería ser objeto de la conclusión. La traición de los partidos era un hecho inopinado, sorprendente, pero en modo alguno sin propósito, que es lo propio de lo fortuito. Lo único que había de azaroso en la libertad constituyente del Poder, era la incertidumbre en la elección popular, que podía salir por «alegrías monárquicas» o «peteneras republicanas», pero en ningún caso desgraciada.
Si se acude al azar en la explicación de la historia, la cuestión era de otra índole. En la evolución del franquismo a la democracia, ¿qué era más azaroso, es decir, menos continuista, la Reforma o la Ruptura? Puesto que azar y continuidad hay en toda clase de evolución, ¿dónde había mejores expectativas de crecimiento, en un mundo determinado por, y terminado con, las reformas liberales de la Autoridad, o en un mundo abierto a la espontaneidad y al espíritu creador de la libertad política?
El 13 de junio de 1907, William James, usando las categorías de Peirce, le dijo a Bergson: «La posición que estamos salvando es el tiquismo (existencia del azar en la realidad y no sólo en la incompresión de las causas de lo azaroso), y un mundo realmente en crecimiento. Pero mientras yo no he encontrado mejor modo de defender el tiquismo que afirmando la adición espontánea de elementos discretos (no continuos) del ser, usted pone las cosas en su punto de un plumazo» con la idea de la evolución creadora.
En el «continuo social» de una sociedad capitalista, estructurada por la propiedad y por el mercado, la Junta Democrática tuvo la inteligencia y la voluntad de añadir el elemento discreto del azar, inserto en la libertad política. Se trataba, pues, de una preferencia moral.
Si somos rigurosos en el uso de los términos «fortuito» y «azaroso», que no son sinónimos, hemos de reconocer que la Reforma ha estado gobernada por la casualidad y no por la libertad, y que en el azar de la libertad estaba la fortuna de la Ruptura.
La elección de Don Juan Carlos como Rey, la de Adolfo Suárez como Jefe de Gobierno, así como las de Felipe González y José María Aznar como jefes de partidos que han llegado a ser gobernantes, no fueron causadas ni determinadas por la libertad de la elección democrática, sino por las series de casualidades concatenadas que permitieron -al dictador Franco, al Rey Juan Carlos, a los delegados socialistas en el Congreso clandestino de Suresnes y a Manuel Fraga- realizar las respectivas designaciones de los jefes de la Transición. Razón por la que ninguno de ellos ha tenido la condición de líder.
De este modo, se puede afirmar con rigor que ha sido la suerte, no la capacidad del mérito elegido por la libertad, quien decidió los destinos personales de los dirigentes de la Reforma y el sino mismo de la Transición. En consecuencia, este acontecimiento ha tenido carácter fortuito. En su origen, por el «casus» portugués. En su desarrollo, por el «casus» personal de sus actores. En su seguridad, por el «casus» de los dos magnicidios frustrados.
La idea de que la Transición ha sido un acontecimiento fortuito, no dependiente de la previsión de los hombres sino de la providencia divina, está en el inconsciente colectivo que ha creado el mito del «milagro español». Cuanto más particular, más fortuita es la realidad y menos azarosa.

LA RAZÓN. LUNES 6 DE NOVIEMBRE DE 2000


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Gonzalo

El motivo de gobierno únicamente lo justifica la LIBERTAD POLITICA de los que eligen el poder ejecutivo y el poder legislativo del Estado en sendas elecciones separadas,por lo que son injustos ,siendo legales,todos los gobiernos que no sean elegidos directamente por los que contribuyen con su dinero a la Cosa pública y no puedan ser revocados por éstos.